canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 183

literatura fantástica
Juego de tronos
—¡ Qué orgulloso se va a sentir mi padre!— dijo. Las piernas le dolían tanto que apenas si se tenía en pie. Lo raro era que durante la lucha no había sentido el dolor.
— Ahora lo que te hace falta es una mujer— dijo Bronn con un brillo poco habitual en los ojos oscuros. Guardó las botas en su silla de montar—. Cuando un hombre ha recibido su bautizo de sangre, no hay nada como una mujer, te lo digo yo.
Chiggen interrumpió el concienzudo saqueo de los cadáveres de los bandoleros el tiempo justo para soltar un bufido y lamerse los labios.
— Si ella quiere, por mí encantado— dijo Tyrion lanzando una mirada hacia el lugar donde Lady Stark vendaba las heridas de Ser Rodrik. Los mercenarios soltaron la carcajada, y Tyrion sonrió. « Es un buen comienzo », pensó.
Poco más tarde se arrodilló junto al arroyo, y se lavó la sangre de la cara con agua fría como el hielo. Volvió cojeando junto a los demás, y echó un vistazo a los cadáveres. Los bandidos muertos eran hombres flacos y desastrados, con caballos pequeños y huesudos a los que se les contaban las costillas. Las armas que Bronn y Chiggen les habían dejado tampoco eran gran cosa: mazas, garrotes... hasta una guadaña. Recordó al hombretón de la capa de gatosombra y el espadón, el que había peleado con Ser Rodrik, pero cuando encontró el cadáver en el suelo pedregoso resultó que al fin y al cabo no era tan corpulento, le habían quitado la ca pa, y la hoja de la espada era de acero barato, estaba mellada y oxidada. No era de extrañar que hubieran quedado nueve bandidos muertos en el campo de batalla.
A ellos sólo les había costado tres bajas: dos de los hombres de Lord Bracken, Kurleket y Mohor, y su criado Jyck, que se había lanzado valientemente al combate montando a pelo. « Idiota hasta el final », pensó Tyrion.
— Lady Stark, os ruego que os apresuréis— dijo Ser Willis Wode mientras escudriñaba los riscos a través de la hendidura del yelmo—. Los hemos ahuyentado por ahora, pero no estarán lejos.
— Tenemos que enterrar a nuestros muertos, Ser Willis— replicó ella—. Eran hombres valientes. No permitiré que los devoren los buitres o los gatosombras.— El suelo es demasiado pedregoso para poder cavar— señaló Ser Willis.— Entonces recogeremos piedras para amontonarlas sobre los cadáveres.— Recoged todas las piedras que queráis— le dijo Bronn—, pero no contéis con Chiggen ni conmigo. Tengo mejores cosas que hacer en vez de amontonar rocas encima de cadáveres... como respirar, por ejemplo.— Miró al resto de los supervivientes—. Los que queráis seguir vivos más allá de esta noche, venid con nosotros.
— Me temo que tiene razón, mi señora— dijo Ser Rodrik con voz cansada. El anciano caballero había resultado herido durante la lucha, tenía un corte profundo en el brazo izquierdo, una lanza le había rozado el cuello, y en aquel momento aparentaba toda su edad—. Si nos quedamos aquí volverán a atacarnos, no cabe duda. Y puede que esta vez no tengamos tanta suerte. Tyrion vio claramente la ira en el rostro de Catelyn, pero la mujer no tenía opción.— De acuerdo, y que los dioses nos perdonen. Emprenderemos la marcha ahora mismo. Ya no estaban escasos de caballos. Tyrion trasladó su silla al capón moteado de Jyck, que parecía tener fuerzas para resistir al menos tres o cuatro días más. Estaba a punto de montar cuando Lharys se acercó a él.— Dame la daga, enano.— Deja que se la quede— dijo Catelyn, ya a caballo—. Y que le devuelvan también el hacha.
Si vuelven a atacarnos, nos hará falta.— Tenéis mi gratitud, señora— dijo Tyrion mientras montaba.— Podéis guardárosla— replicó ella, cortante—. Sigo sin confiar en vos. La mujer se alejó antes de que se le ocurriera una buena respuesta. Se ajustó el yelmo robado y cogió el hacha que Bronn le tendía. Recordó que había iniciado el viaje con las muñecas atadas y una capucha en la cabeza, y llegó a la conclusión de que las cosas habían mejorado mucho. No necesitaba para nada la confianza de Lady Stark: mientras tuviera el hacha, todo iría bien.
Ser Willis Wode abrió la marcha, y Bronn ocupó la retaguardia, mientras Lady Stark iba protegida en el centro, con Ser Rodrik siempre a su lado como una sombra. Marillion no dejaba de lanzar miradas rencorosas a Tyrion. El bardo tenía varias costillas rotas, además del arpa y cuatro dedos de la mano con la que la tocaba, pero no todo habían sido pérdidas para él: se había hecho con una magnífica capa de gatosombra, una piel espesa y negra con franjas blancas. Se arrebujó entre los pliegues, y para variar no abría la boca.
Antes de que hubieran recorrido un kilómetro empezaron a oír los gruñidos roncos de los gatosombras, y no tardaron en llegarles también los gruñidos salvajes de las fieras que se disputaban
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