literatura fantástica
Juego de tronos
Sacó la daga y la examinó. El arma de Meñique, que Tyrion Lannister había ganado en una apuesta de torneo, enviada para asesinar a Bran mientras estaba inconsciente. ¿ Por qué? ¿ Para qué querría el enano matar a Bran? ¿ Para qué querría nadie matar a Bran?
La daga, la caída de Bran... todo tenía alguna relación con la muerte de Jon Arryn, lo presentía, pero las circunstancias de la muerte de Jon seguían siendo tan oscuras como al principio. Lord Stannis no había regresado a Desembarco del Rey para el torneo. Lysa Arryn protegía su silencio tras los altos muros del Nido de Águilas. El escudero había muerto, y Jory seguía investigando por los prostíbulos. No tenía nada, sólo al bastardo de Robert.
Porque a Ned no le cabía duda de que el hosco aprendiz del armero era el bastardo del rey. Llevaba los rasgos de los Baratheon grabados en el rostro, en la mandíbula, en los ojos, en aquella mata de cabello negro. Renly era demasiado joven para haber engendrado a un chico de su edad, y Stannis demasiado frío y orgulloso. Gendry era hijo de Robert.
Pero, aun sabiendo aquello, ¿ qué había descubierto? El rey tenía más hijos bastardos repartidos por los Siete Reinos. Había reconocido abiertamente a uno, un niño de la edad de Bran cuya madre era de alta cuna. El chico estaba como pupilo en Bastión de Tormentas, al cargo del gobernador de la fortaleza de Lord Renly.
Recordó la primera vez que Robert había sido padre, cuando él mismo era casi un chiquillo, en el Valle. Tuvo una hija, una niña preciosa, y el joven señor de Bastión de Tormentas se encargó de su manutención. La visitaba a diario incluso mucho después de perder todo interés por la madre. A menudo arrastraba a Ned con él, tanto si quería como si no. Aquella niña tendría ya diecisiete o dieciocho años, sería mayor que Robert cuando la engendró. El concepto se le hizo muy extraño.
A Cersei no le debían de hacer gracia los vaivenes de su señor esposo, pero al fin y al cabo no tenía importancia si el rey engendraba a un bastardo o a un centenar. La ley y el uso reconocían pocos derechos a los hijos ilegítimos. Gendry, la chica del Valle, el muchachito de Bastión de Tormentas... ninguno de ellos representaba una amenaza para los hijos legítimos de Robert... Unos golpecitos en la puerta interrumpieron sus cavilaciones.— Aquí hay un hombre que quiere veros, mi señor— dijo la voz de Harwin—. Se niega a dar su nombre.— Que pase— dijo Ned, intrigado. El visitante era un hombre recio, con botas agrietadas llenas de barro, una pesada túnica marrón de tejido basto, una capucha que le ocultaba el rostro y las manos ocultas en las mangas amplias.—¿ Quién eres?— quiso saber Ned.— Un amigo— replicó el encapuchado en voz baja, extraña—. Tenemos que hablar a solas,
Lord Stark.— Puedes marcharte, Harwin— dijo Ned. La curiosidad pudo más que la cautela. Cuando estuvieron a solas en la habitación, con todas las puertas cerradas, el visitante se bajó la capucha.—¡ Lord Varys!— exclamó Ned, atónito.— Lord Stark— respondió Varys con toda cortesía al tiempo que se sentaba—. ¿ Puedo pediros algo de beber? Ned llenó dos copas con vino veraniego y tendió una a Varys.— Aunque hubiera pasado a medio metro de vos no os habría reconocido— dijo, incrédulo. Jamás había visto al eunuco vestir otra cosa que no fueran sedas, terciopelos y los más ricos damascos; y aquel hombre no olía a lilas, sino a sudor.
— Es lo que deseaba con toda mi alma— replicó Varys—. No nos ayudaría en absoluto que ciertas personas supieran que hemos tenido esta conversación en privado. La reina os vigila de cerca. Este vino es excelente, muchas gracias.
—¿ Cómo habéis pasado desapercibido para el resto de mis guardias?— preguntó Ned. Porther y Cayn estaban apostados en el exterior de la torre, y Alyn en las escaleras.
— La Fortaleza Roja tiene caminos que sólo conocen los fantasmas y las arañas.— Varys sonrió en gesto de disculpa—. No os entretendré mucho tiempo, mi señor. Hay algunas cosas de las que debéis estar informado. Sois la Mano del Rey, y el rey es un idiota.— El tono empalagoso del eunuco se había esfumado, su voz era en aquel momento afilada como un látigo—. Sí, es vuestro
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