canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 172
literatura fantástica
Juego de tronos
preciso, y al instante siguiente la Montaña caía. Era tan enorme que su caballo cayó también, en
una maraña de acero y carne.
Ned oyó aplausos, vítores, silbidos, gritos de asombro, murmullos emocionados, y por
encima de todo la risa ronca y áspera del Perro. El Caballero de las Flores tiró de las riendas en el
extremo de la liza. Su lanza no estaba ni astillada. Los zafiros brillaron al sol cuando se levantó el
visor y sonrió. La multitud estaba loca por él.
En medio del campo, Ser Gregor Clegane consiguió ponerse en pie hecho una furia. Se
arrancó el yelmo y lo estrelló contra el suelo. Su rostro era una máscara de rabia y el pelo le caía
sobre los ojos.
—¡Mi espada! —gritó al escudero.
El muchacho se la llevó corriendo. El semental ya se había puesto en pie.
Gregor Clegane mató al caballo de un mandoble, tan feroz que casi seccionó el cuello del
animal. En menos de un instante las aclamaciones se convirtieron en gritos de horror. El semental
cayó de rodillas y trató de relinchar. Para entonces Gregor se dirigía ya hacia la zona de la liza
donde estaba Ser Loras Tyrell, con la espada ensangrentada en la mano.
—¡Detenedlo! —gritó Ned. Pero sus palabras se perdieron en el rugido de la multitud.
Todos gritaban, y Sansa estaba llorando.
Todo sucedió muy deprisa. El Caballero de las Flores pedía a gritos su espada, Ser Gregor
derribó de un golpe a su escudero y agarró las riendas de la yegua. El animal olió la sangre y se
encabritó. Loras Tyrell consiguió a duras penas mantenerse sobre la silla. Ser Gregor blandió la
espada y asestó un golpe salvaje con ambas manos que acertó al muchacho en el pecho y lo
derribó. El corcel huyó, y Ser Loras quedó tendido sobre la tierra. Gregor alzó la espada para
asestar el golpe definitivo.
—Déjalo en paz —dijo una voz ronca, al tiempo que una mano de hierro lo apartaba del
muchacho.
La Montaña se giró, mudo de rabia, blandiendo la espada larga en un arco mortífero en el que
había puesto su asombrosa fuerza, pero el Perro detuvo el golpe y se lo devolvió, y los dos hermanos
pelearon durante lo que pareció una eternidad, mientras los criados ponían a salvo al aturdido Loras
Tyrell. Por tres veces vio Ned a Ser Gregor lanzar golpes brutales contra el yelmo de cabeza de perro,
y en cambio Sandor no dirigió ni un solo ataque contra la cabeza desprotegida de su hermano.
La voz del rey puso fin a aquello. La voz del rey y veinte espadas. Jon Arryn les había dicho
que un buen comandante debía tener buena voz en el campo de batalla, y Robert había comprobado en
el Tridente cuán cierto era aquello.
—¡Que cese esta locura! —rugió—. ¡Lo ordena vuestro rey!
El Perro se dejó caer sobre una rodilla. La espada de Ser Gregor hendió el aire, pero por fin
pareció recuperar el sentido común. Dejó caer la espada y miró a Robert, rodeado por su Guardia Real
y por otra docena de caballeros y soldados. Sin decir palabra se dio media vuelta y se alejó a zancadas,
apartando de un empujón a Barristan Selmy.
—Dejad que se marche —dijo Robert.
Y, tan deprisa como había comenzado, todo terminó.
—¿Ahora el Perro es el campeón? —preguntó Sansa a Ned.
—No —respondió él—. Tiene que haber una última justa, entre el Perro y el Caballero de las
Flores.
Pero Sansa estaba en lo cierto. Momentos más tarde Ser Loras Tyrell volvió a la liza. Vestía
un sencillo jubón de lino, y se dirigió hacia Sandor Clegane.
—Os debo la vida. Sois el vencedor, ser.
—No soy ningún «ser» —replicó el Perro.
Pero aceptó la victoria, y la bolsa del campeón, y quizá por primera vez en su vida las
aclamaciones del pueblo, que le aplaudió mientras salía de la liza para dirigirse hacia su tienda.
Ned y Sansa se encaminaron hacia el prado de tiro con arco, y Meñique, Lord Renly y algunos
hombres más les dieron alcance.
—Tyrell sabía que su yegua estaba en celo —iba diciendo Meñique—. Estoy seguro de que el
chico lo tenía todo planeado. Gregor siempre monta sementales grandes y temperamentales, con más
ardor que sentido común. —Por lo visto le parecía una idea muy graciosa. No así a Ser Barristan
Selmy.
—En los trucos no hay honor —dijo el anciano, rígido.
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