literatura fantástica
Juego de tronos
con las nieblas de la mañana, y no pasó mucho tiempo antes de que, comiendo una naranja, empezara a rememorar una mañana en el Nido de Águilas, cuando ambos eran niños.
— Había dado a Jon un barril de naranjas, ¿ te acuerdas? Sólo que estaban podridas, y la mía se la tiré a Dacks, y le dio en la nariz. ¿ Te acuerdas de él, el escudero de Redfort, el que tenía la cara picada? Él me lanzó otra, y antes de que Jon tuviera tiempo ni siquiera de tirarse un pedo las naranjas volaban por toda la Sala Principal.— Dejó escapar una carcajada estrepitosa, e incluso Ned sonrió, recordando la escena.
Pensó que aquél era el muchacho con el que había crecido. Aquél era el Robert Baratheon al que conocía, al que quería. Si conseguía demostrar que los Lannister eran los responsables del ataque a Bran, que habían asesinado a Jon Arryn, aquel hombre atendería a razones. Sería el fin de Cersei, y también del Matarreyes, y si Lord Tywin osaba alzarse en occidente, Robert lo aplastaría como había aplastado a Rhaegar Targaryen en el Tridente. Lo veía todo muy claro.
Aquel desayuno le supo mejor que nada de lo que había comido en mucho tiempo, y después la sonrisa le afloró más a menudo y más fácilmente, hasta que llegó el momento de que se reanudara el torneo.
Ned se dirigió a la liza con el rey. Había prometido a Sansa que vería los últimos enfrentamientos con ella. La septa Mordane se encontraba enferma, y su hija no quería perderse el final de las justas. Antes acompañó a Robert a su lugar, y se dio cuenta de que Cersei Lannister había optado por no asistir. Aquello también le infundió esperanzas.
Se abrió camino entre el gentío hasta donde estaba su hija, y la encontró justo cuando los cuernos sonaban anunciando la primera justa. Sansa estaba tan absorta que apenas si advirtió su llegada.
El primer jinete en presentarse fue Sandor Clegane. Llevaba una capa verde oliva sobre la armadura color gris ceniza. Era, junto con el yelmo en forma de cabeza de perro, su única concesión al adorno.
— Cien dragones de oro por el Matarreyes— anunció en voz alta Meñique al ver entrar a Jaime Lannister, a lomos de un elegante corcel bayo.
El caballo llevaba una manta de malla dorada, y Jaime brillaba de la cabeza a los pies. Hasta su lanza era de madera dorada procedente de las Islas del Verano.— Acepto— gritó Lord Renly—. Parece que esta mañana el Perro tiene hambre.— Hasta los perros hambrientos saben que no deben morder la mano que los alimenta— replicó Meñique con tono seco.
Sandor Clegane se bajó el visor con un clang audible, y ocupó su lugar. Ser Jaime lanzó un beso a alguna mujer que ocupaba un puesto entre el pueblo, se bajó el visor con suavidad y se encaminó hacia la otra punta de la liza. Ambos aprestaron sus lanzas.
Ned Stark habría dado cualquier cosa por verlos perder a los dos, pero Sansa observaba la escena ansiosa, con los ojos húmedos. La tribuna, erigida a toda velocidad, se estremeció cuando los caballos emprendieron el galope. El Perro se inclinó hacia adelante con la lanza firme, pero Jaime se inclinó a un lado con destreza un instante antes del impacto. La punta del arma de Clegane chocó inofensiva contra el escudo dorado con el emblema del león, mientras que la del Matarreyes acertaba en perpendicular. La madera se astilló y el Perro tuvo que luchar para no caerse. Sansa contuvo el aliento. La multitud gritó.—¡ Ya estoy haciendo planes para gastar tu dinero!— gritó Meñique a Lord Renly. El Perro consiguió mantenerse sobre la silla a duras penas. Tiró de las riendas del caballo, lo obligó a dar media vuelta y se dirigió hacia su punto de arranque para el segundo pase. Jaime Lannister tiró la lanza rota y cogió una nueva mientras bromeaba con su escudero. El Perro emprendió de nuevo el galope. Lannister hizo lo propio. En esta ocasión, cuando Jaime se inclinó en la silla, Sandor Clegane se inclinó también. Las dos lanzas saltaron en mil pedazos, y cuando las astillas cayeron al suelo había un caballo bayo sin jinete, y Ser Jaime Lannister, dorado y magullado, rodaba por tierra.— Sabía que el Perro iba a ganar— dijo Sansa.— Si sabes quién va a vencer en el segundo enfrentamiento— le gritó Meñique que la había oído—, dímelo pronto o Lord Renly me desplumará.— Ned sonrió.— Lástima que el Gnomo no esté con nosotros— añadió Lord Renly—. Yo habría ganado el doble. Jaime Lannister volvía a estar de pie, pero el recargado casco de león se le había abollado en la caída y no se lo podía quitar. El pueblo lo abucheaba y lo señalaba, las damas y los caballeros
170