canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 161
literatura fantástica
Juego de tronos
SANSA
Sansa acudió al torneo de la Mano con la septa Mordane y Jeyne Poole, en una litera con
cortinas de seda amarilla tan finas que veían a través de ellas. Convertían el mundo entero en oro.
Al otro lado de los muros de la ciudad, junto al río, se habían plantado un millar de tiendas, y el
pueblo llano acudía en riadas para presenciar los juegos. Tanto esplendor dejaba a Sansa sin
aliento: las armaduras brillantes, los enormes corceles con gualdrapas de oro y plata, los gritos del
gentío, los estandartes ondeando al viento... y los caballeros, sobre todo los caballeros.
—Es mejor que en las canciones —susurró cuando se acomodaron en los lugares que su
padre le había prometido, entre los grandes señores y las damas de alcurnia.
Sansa llevaba aquel día un vestido precioso, una túnica verde que le resaltaba el castaño
rojizo de la melena. Sabía que todos la miraban con aprobación y sonreían.
Vieron pasar a caballo a los héroes de mil canciones, cada uno más fabuloso que el
anterior. Los siete caballeros de la Guardia Real, excepto Jaime Lannister, lucían armaduras del
color de la leche y capas tan blancas como la nieve recién caída. Ser Jaime llevaba capa blanca, sí,
pero el resto de su indumentaria era de oro de la cabeza a los pies, incluso el yelmo en forma de
cabeza de león. También la espada era dorada. Ser Gregor Clegane, la Montaña que Cabalga, pasó
al galope junto a ellos como una avalancha. Sansa recordaba a Lord Yohn Royce, que había
visitado Invernalia hacía ya dos años.
—Su armadura es de bronce y tiene miles y miles de años, lleva grabadas unas runas
mágicas que lo protegen de todo mal —susurró a Jeyne.
La septa Mordane les señaló a Lord Jason Mallister, vestido de índigo y plata, con alas de
águila en el yelmo. Había abatido a tres abanderados de Rhaegar en el Tridente. Las niñas
disimularon una risita al fijarse en el sacerdote guerrero Thoros de Myr, con la túnica roja
ondeando al viento y la cabeza rapada, hasta que la septa les dijo que en cierta ocasión había
escalado los muros de Pyke con una espada llameante en la mano.
Sansa no conocía al resto de los jinetes; había caballeros de los Dedos,
de Altojardín y de las montañas de Dorne, jinetes libres y escuderos recién
ascendidos a los que nadie había dedicado canciones, estaban los hijos
mas jóvenes de grandes señores y los herederos de las casas men