canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 142

literatura fantástica
Juego de tronos
— Por los siete infiernos— maldijo Eddard Stark; detestaba aquellas intrigas. Era cierto, parecía que el hombre de la muralla lo vigilaba. Se apartó de la ventana, incómodo—. ¿ Es que todo el mundo informa a alguien en esta maldita ciudad?
— No todo el mundo— replicó Meñique. Contó con los dedos de la mano—. A ver, estamos vos, yo, el rey... aunque, bien pensado, el rey le cuenta demasiado a la reina, y de vos no estoy del todo seguro.— Se levantó—. ¿ Tenéis a vuestro servicio a algún hombre en quien confiéis plenamente?— Sí— dijo Ned.— En ese caso, me encantaría venderos un palacio precioso que tengo en Valyria— replicó Meñique con sonrisa burlona—. La respuesta más sensata habría sido « no », mi señor, pero si insistís... Enviad a ese ser maravilloso a ver a Ser Hugh y a los otros. Vuestras idas y venidas no pasan desapercibidas, pero ni Varys la Araña puede vigilar a todos los hombres de vuestro servicio todas las horas del día.— Se dirigió hacia la puerta.
— Lord Petyr— empezó Ned—. Os... os agradezco vuestra ayuda. Quizá me equivocaba al desconfiar de vos.
— Tardáis mucho en aprender, Lord Eddard.— Meñique se pasó los dedos por la barbita puntiaguda—. Desconfiar de mí ha sido lo más inteligente que habéis hecho desde que desmontasteis al llegar.
Jon estaba enseñando a Daeron a asestar golpes de costado cuando el nuevo recluta entró en el patio de entrenamiento.
— Tienes que separar más los pies— insistió—. No querrás perder el equilibrio. Muy bien. Ahora tienes que girar mientras asestas el golpe, pon todo tu peso en la espada.
— Por los siete dioses— murmuró Daeron apartándose y levantándose el visor—. No te pierdas eso, Jon.
Jon se dio media vuelta. A través de la ranura del visor del yelmo divisó al chico más gordo que había visto en su vida. Estaba de pie ante la puerta de la armería, y por lo menos pesaba ciento treinta kilos. El cuello de piel de su chaqueta bordada desaparecía bajo la papada. Tenía unos ojos claros que miraban nerviosos en todas direcciones, su rostro parecía una luna llena, y se pasaba los dedos regordetes por la casaca de terciopelo para secarse el sudor.
— Me... me han dicho que viniera aquí a... a entrenarme— dijo sin dirigirse a nadie en concreto.
— Un señorito— dijo Pyp a Jon—. Sureño, de la zona de Altojardín, seguro.— Pyp había recorrido los siete reinos con una compañía teatral y alardeaba de que sabía de dónde era cualquiera con tan sólo oír su voz.
El chico llevaba bordado en el pecho del abrigo, en hilo rojo, un cazador dando un paso. Jon no reconoció el emblema. Ser Alliser Thorne echó un vistazo a su nuevo alumno.
— Por lo visto en el sur ya andan escasos de ladrones y cazadores furtivos. Ahora nos envían al Muro a los cerdos. ¿ Qué clase de armadura son las pieles y el terciopelo, mi señor Jamón?
Más tarde descubrieron que el nuevo recluta traía armadura propia: doblete acolchado, coraza, mallas y yelmo, y hasta un escudo de madera y cuero en el que se veía el mismo emblema del cazador. Pero, como ninguna de las prendas era negra, Ser Alliser lo obligó a equiparse de nuevo en la armería. Tardó media mañana. Su volumen obligó a Donal Noye a desmontar una cota de mallas para ampliarla poniéndole trozos de cuero en los costados. El yelmo no le entraba en la cabeza, así que el armero tuvo que quitar el visor. Las prendas de cuero le apretaban de tal manera las piernas y las axilas que casi no podía moverse. Una vez uniformado para el combate, el muchacho nuevo parecía una salchicha demasiado hecha, a punto de reventar.
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