canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 139
literatura fantástica
Juego de tronos
para mí, y soy el primero en reconocer y admirar su talento, pero es joven, y a menudo los jóvenes
no comprenden la fragilidad de un cuerpo envejecido. Estaba purgando a Lord Arryn con pócimas
y jugo de pimienta. Temí que eso lo matara.
—¿Os dijo algo Lord Arryn en sus últimas horas?
—En su delirio, la Mano repitió muchas veces el nombre de Robert —dijo Pycelle con el
ceño fruncido—, pero no sabría deciros si llamaba a su hijo o al rey. Lady Lysa no consintió que
el niño entrara en la habitación por temor a que se contagiara. El rey iba a visitarlo y se pasaba
horas sentado junto al lecho, le hablaba y bromeaba sobre cosas del pasado para tratar de levantar
el ánimo a Lord Jon. El cariño que le profesaba era evidente.
—¿Nada más? ¿Cuáles fueron sus últimas palabras?
—Cuando vi que ya no cabía albergar ninguna esperanza, administré a la Mano la leche de
la amapola para que no sufriera. Justo antes de cerrar los ojos por última vez, susurró algo a su
esposa y al rey, una especie de bendición para su hijo. «La semilla es fuerte», dijo. Costaba
trabajo entender qué decía. La muerte le llegó al amanecer, pero después de aquello Lord Jon se
quedó tranquilo. No volvió a hablar.
Ned bebió otro sorbo de leche, aunque le costaba contener las náuseas ante el dulzor.
—¿Notasteis algo antinatural en la muerte de Lord Arryn?
—¿Antinatural? —La voz del anciano maestre era un susurro apenas audible—. No, la
verdad es que no. Fue triste, sin duda. Pero, en cierto modo, no hay nada tan natural como la
muerte, Lord Eddard. Jon Arryn descansa en paz ya, por fin se ha librado de su carga.
—¿Habíais visto otros casos de la enfermedad que se lo llevó? —preguntó Ned—. ¿En
otros pacientes?
—Hace casi cuarenta años que soy Gran Maestre de los Siete Reinos —replicó Pycelle—.
Durante el reinado de Robert, y antes de él el de Aerys Targaryen, y antes de él el de su padre
Jaehaerys II, y antes del suyo, durante unos meses, serví al padre de Jaehaerys, Aegon V el
Afortunado. He visto más enfermedades de las que quiero recordar, mi señor. Y os puedo decir
algo: todos los casos son diferentes, y todos los casos se parecen. La muerte de Lord Jon no fue
más extraña que tantas otras.
—Su esposa no opina lo mismo.
—Ahora lo recuerdo, la viuda es hermana de vuestra noble esposa —dijo el Gran Maestre
con gesto de asentimiento—. Perdonad la ruda franqueza de este anciano, pero el dolor puede
extraviar hasta a las mentes más fuertes y disciplinadas, y la de Lady Lysa nunca lo fue. Desde
que dio a luz un bebé ya muerto ha visto enemigos por todas partes, y el fallecimiento de su señor
esposo la ha destrozado.
De modo que estáis seguro de que Jon Arryn murió debido a una enfermedad repentina.
—Así fue —asintió Pycelle con seriedad—. ¿A qué otra cosa pudo deberse, mi buen señor?
—Al veneno —sugirió Ned con voz tranquila.
Los ojos adormilados de Pycelle se abrieron de par en par. El anciano maestre se movió en su
asiento, incómodo.
—Es una idea inquietante. No estamos en las Ciudades Libres, donde esas cosas pasan todos
los días. Según el Gran Maestre Aethelmure, allí cada hombre puede ser un asesino, pero incluso así
desprecian al envenenador. —Se quedó en silencio un instante, pensativo—. Lo que sugerís es posible,
mi señor, pero no me parece probable. Un maestre conoce los venenos más comunes, y los síntomas
de Lord Arryn no correspondían a ninguno de ellos. ¿Y qué clase de monstruo en forma de hombre
osaría asesinar a tan noble señor?
—Tengo entendido que el veneno es un arma de mujer.
—Eso se dice. —Pycelle, meditabundo, se acarició la barba—. De mujeres, de cobardes... y de
eunucos. —Carraspeó y escupió hacia los arbustos. Sobre ellos, en la pajarera, un cuervo graznaba sin
cesar—. Lord Varys nació esclavo en Lys, ¿lo sabíais? No confiéis en las arañas, mi señor.
—Seguiré vuestro consejo, maestre. —A Ned no le hacía la menor falta que se lo dijeran.
Varys tenía algo que le ponía la carne de gallina—. Y os agradezco la ayuda. Ya os he robado bastante
tiempo. —Se levantó.
—Espero haber contribuido a tranquilizaros —dijo el Gran Maestre Pycelle mientras se
levantaba trabajosamente y lo acompañaba a la puerta—. Si puedo serviros en cualquier otra cosa, sólo
tenéis que decirlo.
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