canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | Page 138

literatura fantástica Juego de tronos EDDARD —La muerte de Lord Arryn nos entristeció mucho a todos, mi señor —dijo el Gran Maestre Pycelle—. Por supuesto, os diré cuanto queráis saber acerca de su agonía. Tomad, asiento, por favor. ¿Queréis algún refrigerio? ¿Unos dátiles? También tengo unos caquis muy buenos. Ya no puedo tomar vino, por desgracia no lo digiero bien, pero puedo ofreceros leche helada endulzada con miel. Es muy refrescante con este calor. Era cierto que el calor resultaba agobiante; Ned sentía la túnica de seda pegada al pecho. El aire espeso y húmedo envolvía la ciudad como una manta mojada de lana, y la ribera del río era un caos, ya que los pobres habían abandonado sus cuchitriles asfixiantes y mal ventilados para pelear por un lugar donde dormir cerca del agua, el único sitio donde soplaba algo de brisa. —Os lo agradezco mucho —dijo Ned al tiempo que se sentaba. Pycelle cogió una diminuta campanilla de plata entre el índice y el pulgar, y la hizo sonar con suavidad. Una criada muy joven y esbelta acudió a la estancia de inmediato. —Leche helada para la Mano del Rey y para mí, niña, por favor. Que esté bien dulce. —La muchachita fue a buscar las bebidas; el Gran Maestre entrelazó los dedos y se apoyó las manos sobre la barriga—. El pueblo dice que el último año de verano es siempre el más caluroso. No es así, pero a veces lo parece, ¿verdad? En días como éste me dais envidia los norteños, con vuestras nevadas de verano. —La pesada cadena enjoyada que el anciano llevaba al cuello tintineó cuando se movió en el asiento—. Cierto que el verano del rey Maekar fue más caluroso que éste, y casi igual de largo. Algunos idiotas pensaron que ya había llegado el Gran Verano, el verano sin fin, pero al séptimo año se acabó de repente, tuvimos un otoño corto y luego un invierno espantosamente largo. Pero el calor, mientras duró, fue terrible. El casco antiguo de la ciudad era un horno durante el día, sólo cobraba vida de noche. Salíamos a pasear por los jardines de la ribera, y hablábamos sobre los dioses. Recuerdo bien los olores de aquellas noches, mi señor... perfume y sudor, melones maduros, melocotones y granadas, belladona y flores de luna. Por aquel entonces yo todavía era joven, me estaba forjando el collar. El calor no me agotaba, como me sucede ahora. —Pycelle tenía los párpados tan caídos que parecía a punto de dormirse—. Os ruego que me perdonéis, Lord Eddard. No habéis venido aquí a escuchar recuerdos seniles de un verano olvidado antes de que naciera vuestro padre. Perdonad a este viejo por sus divagaciones. Ah, ahí viene la leche. —La criada depositó la bandeja entre ellos, y Pycelle sonrió—. Eres una buena chica. —Cogió una copa, la probó y asintió—. Gracias. Puedes retirarte. »¿Qué me estabais diciendo? —preguntó Pycelle clavando en Ned los ojos claros y legañosos, cuando se retiró la criada—. Ah, sí, me preguntabais por Lord Arryn... —Así es. —Ned bebió un sorbo de leche helada por pura educación. Su frescor resultaba agradable, pero estaba demasiado dulce para su gusto. —Si queréis que os diga la verdad, la Mano no parecía él mismo en los últimos tiempos —dijo Pycelle—. Durante varios años nos sentamos juntos en el Con