literatura fantástica
Juego de tronos
— No quiero asustarte, pero tampoco te voy a mentir. Hemos venido a un lugar muy peligroso, hija. Esto no es Invernalia. Tenemos enemigos que no nos quieren bien. No podemos permitirnos pelear entre nosotros. Tu testarudez, tus escapadas, las palabras bruscas, la desobediencia... En casa no eran más que los juegos veraniegos de una niña. Pero aquí y ahora, con el invierno tan cerca, las cosas cambian. Es hora de que empieces a crecer.
— Lo haré— juró Arya. Nunca lo había querido tanto como en aquel momento—. Yo también puedo ser fuerte. Puedo ser tan fuerte como Robb.
— Toma— dijo él tendiéndole la empuñadura de Aguja después de cogerla por la punta. Ella miró la espada con ojos maravillados. Por un momento le dio miedo tocarla, como si al tender la mano hacia ella fueran a arrebatársela de nuevo—. Venga, es tuya— insistió su padre.—¿ Me la puedo quedar?— dijo cogiéndola—. ¿ Para siempre?— Para siempre.— Sonrió—. Si me la llevara, no me cabe duda de que antes de quince días encontraría una maza debajo de tu almohada. Pero, por favor, por mucho que te provoque tu hermana, no la mates.— Te lo prometo.— Arya se abrazó a Aguja mientras su padre salía del dormitorio. Por la mañana, durante el desayuno, se disculpó ante la septa Mordane y le pidió perdón.
La septa la miró con desconfianza, pero su padre asintió.
Tres días después, al mediodía, el mayordomo de su padre, Vayon Poole, envió a Arya al Salón Pequeño. Las mesas de caballetes estaban desmontadas, y los bancos amontonados contra las paredes. La estancia parecía desierta hasta que una voz desconocida la llamó.
— Llegas tarde, chico.— Un hombre flaco y calvo, de nariz ganchuda, salió de entre las sombras con un par de espadas de madera en las manos—. Mañana quiero que estés aquí al mediodía. Tenía un acento extraño, de las Ciudades Libres. Quizá de Braavos, o de Myr.—¿ Quién eres tú?— preguntó Arya.— Soy tu profesor de baile.— Le lanzó una de las espadas de madera. Ella fue a cogerla, falló y oyó cómo se estrellaba contra el suelo—. Mañana la atraparás. Ahora recógela.
No era un simple palo, sino una espada de madera, con guarda, puño y pomo. Arya, nerviosa, la recogió y la aferró con ambas manos, y la sostuvo ante ella. Pesaba más de lo que parecía, mucho más que Aguja. El hombre calvo chasqueó los dientes.— No se hace así, chico. No es un espadón, no te hacen falta las dos manos. Se coge sólo con una.— Pesa demasiado— dijo Arya.— Pesa lo que tiene que pesar, para fortalecerte y para que esté equilibrada. Por dentro tiene un hueco relleno de plomo. Cógela con una mano. Arya soltó la mano derecha y se limpió la palma sudorosa en la ropa. Sujetó la espada con la mano izquierda. El hombre asintió.
— Muy bien, con la izquierda. Todo se invierte, desconciertas al adversario. Pero la posición es errónea. Pon el cuerpo de costado, sí, así. Oye, eres todo huesos. Esto también está bien, así cuesta más acertarte. A ver cómo la agarras. Espera.— Se acercó a ella y le examinó la mano, le separó los dedos y se los colocó bien—. Exacto, así. No la aprietes con tanta fuerza. Tienes que cogerla con destreza y con delicadeza a la vez.—¿ Y si se me cae?— preguntó Arya.— El acero tiene que formar parte de tu brazo— replicó el hombre calvo—. ¿ Se te puede caer parte del brazo? No. Syrio Forel fue la primera espada del señor del Mar de Braavos durante nueve años, y entiende de estas cosas, así que hazle caso, chico. Era la tercera vez que la llamaba « chico ».— Soy una chica.— Chico, chica, qué más da— bufó Syrio Forel—. Eres una espada, es lo único que importa.— Chasqueó los dientes—. Bien, así es como se agarra. No estás sujetando un hacha de guerra, tienes en la mano una...—... aguja— terminó Arya en su lugar con decisión.— Como quieras. Ahora, empezaremos a bailar. Recuerda que esto no es la danza del hierro de los occidentes, la danza de los caballeros, todo golpes y mandobles. No, ésta es la danza del agua, rápida y repentina. Todos los hombres están hechos de agua, ¿ lo sabías? Cuando los pinchas, se les escapa el agua y mueren.— Dio un paso atrás y cogió su espada de madera—. Vamos, intenta darme.
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