canciones de hielo y fuego Cancion de hielo y fuego 1 | страница 114
literatura fantástica
Juego de tronos
—A veces tengo la sensación de que Ser Alliser está en lo cierto, Tyrion. Os burláis de
nosotros y de nuestro noble propósito en este lugar.
—A todos nos hace falta que se burlen de nosotros de cuando en cuando, Lord Mormont —
replicó Tyrion encogiéndose de hombros—. De lo contrario, empezamos a tomarnos demasiado en
serio. —Tendió la copa—. Más vino, por favor.
—Para ser un hombre tan pequeño tenéis realmente una sed muy grande —comentó Bowen
Marsh mientras Rykker se la llenaba.
—Yo, en cambio, pienso que Lord Tyrion es un gran hombre —dijo el maestre Aemon desde
el extremo más lejano de la mesa. Hablaba sin levantar la voz, pero los oficiales superiores de la
Guardia de la Noche guardaron silencio para escuchar al anciano—. Creo que es un gigante que ha
venido a visitarnos aquí, al fin del mundo.
—Me han llamado muchas cosas, mi señor —dijo Tyrion suavemente—. Pero rara vez
«gigante».
—Yo creo que es así. —Los ojos lechosos y nublados del maestre Aemon se clavaron en el
rostro de Tyrion.
—Sois demasiado bondadoso, maestre Aemon —dijo Tyrion con una inclinación de cortesía.
Por una vez, se había quedado sin ninguna réplica aguda.
El ciego sonrió. Era un hombrecillo menudo, arrugado y calvo, tan hundido bajo el peso de
cien años que el collar de maestre, con los eslabones de metales diversos, le colgaba suelto de la
garganta.
—Me han llamado muchas cosas, mi señor —dijo—. Pero rara vez «bondadoso».
En aquella ocasión fue Tyrion el que inició la carcajada general.
Mucho más tarde, cuando el trascendental asunto de la comida quedó zanjado y el resto de los
comensales se fueron, Mormont ofreció a Tyrion un asiento junto a la chimenea y una copa de
aguardiente tibio, tan fuerte que se le saltaron las lágrimas.
—El camino real puede ser peligroso tan al norte —comentó el Lord Comandante mientras
bebían.
—Cuento con Jyck y con Morree —dijo Tyrion—. Y Yoren va a volver hacia el sur.
—Yoren sólo es un hombre. La Guardia os escoltará hasta Invernalia —anunció Mormont en
un tono que no admitía discusión—. Bastará con tres hombres.
—Como deseéis, mi señor —dijo Tyrion—. Podríais enviar al joven Nieve. Le gustará volver
a ver a sus hermanos.
—¿Nieve? —Mormont frunció el ceño—. Ah, el bastardo de Stark. No, mejor no. Los jóvenes
tienen que olvidar las vidas que dejaron atrás, a sus hermanos, a sus madres y todo eso. Si va a
visitarlos será peor para él. Entiendo de estas cosas. Mis parientes de sangre... mi hermana Maege
gobierna ahora en Isla del Oso, desde la deshonra de mi hijo. Tengo sobrinas a las que no conozco. —
Bebió un sorbo—. Además, Jon Nieve no es mas que un niño. Necesitaréis tres espadas fuertes que os
protejan.
—Me conmueve vuestra preocupación, Lord Mormont. —El licor fuerte hacía que Tyrion
empezara a marearse, pero no estaba tan borracho como para no darse cuenta de que el Viejo Oso
quería pedirle algo—. Me gustaría corresponder a vuestra amabilidad de alguna manera.
—Podéis hacerlo —dijo Mormont sin rodeos—. Vuestra hermana se sienta junto al rey.
Vuestro hermano es un gran caballero, y vuestro padre es el señor más poderoso de los Siete Reinos.
Habladles en nuestro nombre. Contadles cuáles son nuestras necesidades. Vos sois testigo, mi señor.
La Guardia de la Noche agoniza. Tenemos menos de un millar de hombres. Seiscientos aquí,
doscientos en Torre Sombría y ni siquiera esa cifra en Guardiaoriente. Y ni la tercera parte de ellos son
guerreros. El Muro tiene cien leguas de longitud. Pensadlo bien. Si hubiera un ataque, tengo dos
hombres para defender cada kilómetro.
—Dos y cuarto —bostezó Tyrion.
Mormont no dio muestras de haberlo oído. El anciano se calentó las manos ante el fuego.
—Envié a Benjen Stark en busca del hijo de Yohn Royce, que desapareció en su primera
expedición. El chico de Royce estaba más verde que la hierba de verano, pero insistió en que se le
concediera el honor de dirigir la expedición; dijo que como caballero tenía derecho a ello. Yo no
quería ofender a su padre, así que cedí. Lo envié con dos hombres, dos de los mejores de la Guardia.
Estúpido de mí.
—Estúpido —graznó el cuervo. Tyrion alzó la vista. El pájaro lo miró con ojos que eran como
cuentas negras, al tiempo que encrespaba las plumas—. Estúpido —graznó de nuevo.
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