Carla estaba dolorida después de un procedimiento médico. Su
madre trató de consolarla e insistió en que tomara los analgésicos.
Por desgracia, Carla rechazó a su bienintencionada madre. Ella
sabía que su actitud fue desagradable y degradante, pero se dijo:
«La medicina puede hacer que cualquiera actúe en forma alocada.
Mamá debería entenderlo».
P
alabras desagradables, falla en superar errores y rabietas. Carla experimentó
sentimientos de culpa. Sin embargo, sintió que sus pretextos excusaban su
necesidad de disculparse.
Sabes, acciones como estas han destrozado relaciones. Una simple disculpa pudo
haber cambiado mucho las cosas, pero significaba aceptar la responsabilidad por las
propias acciones.
¿POR QUÉ ES TAN DIFÍCIL PARA ALGUNAS DE NOSOTRAS RECONOCER Y
DECIR; ME EQUIVOQUÉ?
A menudo, nuestra renuencia a admitir malas acciones está ligada a nuestro sentido
de autoestima. Admitir que estamos equivocadas se percibe como debilidad, revelaría
nuestra imperfección. Podemos razonar: «Solamente las débiles confiesan. Las personas
inteligentes tratan de mostrar que sus acciones son justificadas».
La buena noticia es que podemos comprender estos
patrones emocionales negativos, pero sin
dejarnos encarcelar por ellos.
La realidad es que todos somos
pecadores; no existen adultos
perfectos. Las mujeres sabias
aprenden a romper los patrones
dañinos de la infancia y aceptan
la responsabilidad por sus
propias fallas. La mujer necia,
siempre está justificando su
mala conducta.
T e I nvito a L eer :
C uando D ecir lo S iento
N o es S uficiente
• Editorial Portavoz •
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