Carta editorial
Auschwitz, por decir algo…
Pero si hablamos de la industrialización y sistematiza-
ción de la violencia, lo mismo da decir: una fábrica en
China, una parcela en América, una mina en África.
Y sin embargo Auschwitz, por decir algo, traza un an-
tes y un después: la atrocidad del holocausto no es lo
que algunos hicieron, sino lo que todos pudimos haber
hecho; no es la bestialidad, de algunos, en acto, es la
bestialidad, de todos, en potencia. En ese entonces un
fantasma, hijo primogénito del idealismo, empezaba a
recorrer Europa: la razón a rienda suelta, la razón idea-
lista; la razón que lo quiere todo… menos al hombre.
¿Qué acaso no se hablaba, por decir algo, de “educar
a las pasiones”? ¿Y qué, entonces, pensaba el hombre
cuando pronunciaba la palabra “educar”? Educar: so-
meter. Educar las pasiones era someter las pasiones a la
razón. La pasión (πάθος) encontraba su determinación
ahí donde la razón comenzaba; delimitar las pasiones
era liberar a la razón. Las pasiones eran las mieses de
la bestialidad. Y si, por decir algo, al hablar de Aus-
chwitz podemos hablar de la consumación de este pro-
yecto de someter las pasiones a la razón, entonces qui-
zá también, por decir algo más, podamos decir que la
tragedia del obrero en China, o del campesino en Amé-
rica, o del minero en África, consta, de igual manera,
de haber sometido su pasión, su pasión humana, a la
razón, a la razón colonial, occidental, absoluta, globa-
lizada. Qué mentira sería vociferar, pues, que nuestra
educación actual consiste en otra cosa. La “educación”
como sometimiento de la pasión es el virus, las univer-
sidades modernas son las que lo propagan. Y qué si, sin
cambiar nuestra noción de “educación” como someti-
miento, empezáramos no ya por educar a las pasiones,
sino que empezáramos a educar a la razón. No decir,
por ejemplo, como Flaubert: “educación sentimental”,
sino: “educación racional”. Educar a la razón...con los
sentimientos, de tal forma que el hombre no sea siervo
de la razón, sino que la razón sea sierva del hombre. Si
el idealista invoca a la razón absoluta, quizá sea hora
―y hora tardía― de que nosotros invoquemos a la ra-
zón humana. Sólo la razón educada, sometida, instru-
mental; sólo la razón ilustrada puede ser razón legisla-
tiva, puede ser razón humana. Y quizá, entonces, una
educación que eduque a la razón sea la única que valga
la pena. Pero tal petición es sumamente ambiciosa, por
lo pronto hagamos lo que podamos como siervos de
la pasión: empezar a replantearnos la pregunta por el
“educar”, así, como verbo, como acción, por decir algo,
otra cosa. ▪
Revista Autarquía
Ilustración por: Aimé Navarro
Autarquía
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