Autarquía número nueve | Página 3

Carta editorial Auschwitz, por decir algo… Pero si hablamos de la industrialización y sistematiza- ción de la violencia, lo mismo da decir: una fábrica en China, una parcela en América, una mina en África. Y sin embargo Auschwitz, por decir algo, traza un an- tes y un después: la atrocidad del holocausto no es lo que algunos hicieron, sino lo que todos pudimos haber hecho; no es la bestialidad, de algunos, en acto, es la bestialidad, de todos, en potencia. En ese entonces un fantasma, hijo primogénito del idealismo, empezaba a recorrer Europa: la razón a rienda suelta, la razón idea- lista; la razón que lo quiere todo… menos al hombre. ¿Qué acaso no se hablaba, por decir algo, de “educar a las pasiones”? ¿Y qué, entonces, pensaba el hombre cuando pronunciaba la palabra “educar”? Educar: so- meter. Educar las pasiones era someter las pasiones a la razón. La pasión (πάθος) encontraba su determinación ahí donde la razón comenzaba; delimitar las pasiones era liberar a la razón. Las pasiones eran las mieses de la bestialidad. Y si, por decir algo, al hablar de Aus- chwitz podemos hablar de la consumación de este pro- yecto de someter las pasiones a la razón, entonces qui- zá también, por decir algo más, podamos decir que la tragedia del obrero en China, o del campesino en Amé- rica, o del minero en África, consta, de igual manera, de haber sometido su pasión, su pasión humana, a la razón, a la razón colonial, occidental, absoluta, globa- lizada. Qué mentira sería vociferar, pues, que nuestra educación actual consiste en otra cosa. La “educación” como sometimiento de la pasión es el virus, las univer- sidades modernas son las que lo propagan. Y qué si, sin cambiar nuestra noción de “educación” como someti- miento, empezáramos no ya por educar a las pasiones, sino que empezáramos a educar a la razón. No decir, por ejemplo, como Flaubert: “educación sentimental”, sino: “educación racional”. Educar a la razón...con los sentimientos, de tal forma que el hombre no sea siervo de la razón, sino que la razón sea sierva del hombre. Si el idealista invoca a la razón absoluta, quizá sea hora ―y hora tardía― de que nosotros invoquemos a la ra- zón humana. Sólo la razón educada, sometida, instru- mental; sólo la razón ilustrada puede ser razón legisla- tiva, puede ser razón humana. Y quizá, entonces, una educación que eduque a la razón sea la única que valga la pena. Pero tal petición es sumamente ambiciosa, por lo pronto hagamos lo que podamos como siervos de la pasión: empezar a replantearnos la pregunta por el “educar”, así, como verbo, como acción, por decir algo, otra cosa. ▪ Revista Autarquía Ilustración por: Aimé Navarro Autarquía 3