Autarquía número nueve | Page 13

Fotografía por: Nico Argoti Una maestra de Taller de lectura y redacción redactando. ¿Se ocurre algo más romántico? Ya sé: una maestra de Taller de lectura y redacción redactando sobre educación. Sea como sea, ¿qué puedo escribir sobre la educación si tengo apenas un par de meses impartiendo clases y digo “impartiendo” porque no estoy segura de si lo que hago sea necesariamente enseñar, educar. Si eso que doy se queda y puede volver a impartirse o se queda en el aire, en el tiempo. Me dicen “maes- tra” como si por el hecho de pararme fren te a ellos, los que llegan a la escuela a aprender, y hacerlos escuchar o escribir lo que uno dice, se convirtiera uno en maestro. Sorprende la inmediatez con la que a una persona se le agregan ciertos atributos, operaciones sociales que brindan condiciones de comportamiento, una vez que se presenta en el salón de clases como “la maestra”, “el maestro”, “el profe”, “el olmeca”, “la chupitos”, “la godzi”, “buda”, “el escalera”, sinfín de denominaciones agregadas a aquella con la que ya se contaba. Sorprende porque días antes de eso, los que estamos al frente, sabíamos que sabíamos sobre ciertos temas pero ni siquiera estando frente a ellos, los estudiantes, estamos seguros de saber que saben lo que sabemos porque hay una brecha enorme y lóbrega entre lo que uno sabe y la habilidad que uno tiene para enseñar y asegurarse que se es aprendido lo que se enseña. Pero parece que los directivos, coordinadores y el sistema educativo mexicano en general perciben esta brecha tan angosta como el lápiz no. 2. Tan corta y tan maleable como si fuera cosa de: “con el tiempo te vas a ir adecuando”, “así es al principio, ya después vas a tener todo en orden”. Nin- guno parece pre-ocuparse, es decir, tomar acciones antes de, para garantizar que los alumnos adquieran los datos que la persona frente a ellos les proporciona. También parecen hacerse de la vista gorda al hablar de las diferencias entre los métodos y modelos de aprendizaje y los de enseñanza. Parece que sólo existiera uno. Que ese “uno” es el más importante porque vale más atiborrar de datos sin tener en cuenta las formas en que los alumnos abstraen la realidad. Parece que entre más se crea que el aprendizaje es homogéneo, más fácil va a ser el enseñar, o más bien preparar la clase, o más bien calificar, o más bien cobrar el cheque. Porque, al final, una profesión pagada que no le importa el “cómo” sino el “qué” reduccionista que opera con números del 1 al 10, no puede importarle que “educación” no es solamente el cúmulo de información memorizada, sino el interminable proceso de ser un ser social proactivo, que necesita herramientas para poder vivir el mundo, por supuesto que también para saber hacer algo que le ayude a generar dinero, para compartir la memoria de esos datos; capaz de sintetizar, deducir, inducir y discernir lo que la realidad le presenta diario. A final de cuentas, para sufrir menos (por no decir “para ser más feliz”). ¿Qué puede escribir sobre educación alguien clasemediero que lleva un par de clases a muchachos que crecieron en los márgenes de la ciudad? ¿Desde qué perspectiva les enseño la belleza e importancia de leer un libro si su mayor preocupación oscila entre que no los asalten de camino a casa, que el chicx que les gusta quizá no les haga caso una vez que sepa dónde viven, que quizá van a comer otra vez lo mismo porque no hay para más? Caritas descuidadas, ojos que han visto mucho, oídos acostumbrados a la violencia. Manos cansadas, otras muy descansadas. Sueños truncos, ideas reprobadas, sobreesfuerzo reportado. Deberíamos voltear más la mirada al pizarrón y recordar lo que necesitábamos cuando estábamos sentados, uniformados, regidos por el sonido de la chicharra. ¿Qué nos hubiera servido para hacernos sentir mejor, para actuar a favor de otros? ¿No es eso, acaso, el objetivo de la educación? Escrito en libreta profesional de cuadro grande, marca Scribe de 100 hojas. ▪ Rubí J. Pérez Autarquía 13