Fotografía por: Nico Argoti
Una maestra de Taller de lectura y redacción redactando. ¿Se ocurre algo más
romántico? Ya sé: una maestra de Taller de lectura y redacción redactando sobre
educación. Sea como sea, ¿qué puedo escribir sobre la educación si tengo apenas
un par de meses impartiendo clases y digo “impartiendo” porque no estoy segura
de si lo que hago sea necesariamente enseñar, educar. Si eso que doy se queda y
puede volver a impartirse o se queda en el aire, en el tiempo. Me dicen “maes-
tra” como si por el hecho de pararme fren te a ellos, los que llegan a la escuela
a aprender, y hacerlos escuchar o escribir lo que uno dice, se convirtiera uno en
maestro. Sorprende la inmediatez con la que a una persona se le agregan ciertos
atributos, operaciones sociales que brindan condiciones de comportamiento, una
vez que se presenta en el salón de clases como “la maestra”, “el maestro”, “el
profe”, “el olmeca”, “la chupitos”, “la godzi”, “buda”, “el escalera”, sinfín de
denominaciones agregadas a aquella con la que ya se contaba. Sorprende porque
días antes de eso, los que estamos al frente, sabíamos que sabíamos sobre ciertos
temas pero ni siquiera estando frente a ellos, los estudiantes, estamos seguros de
saber que saben lo que sabemos porque hay una brecha enorme y lóbrega entre
lo que uno sabe y la habilidad que uno tiene para enseñar y asegurarse que se es
aprendido lo que se enseña. Pero parece que los directivos, coordinadores y el
sistema educativo mexicano en general perciben esta brecha tan angosta como el
lápiz no. 2. Tan corta y tan maleable como si fuera cosa de: “con el tiempo te vas
a ir adecuando”, “así es al principio, ya después vas a tener todo en orden”. Nin-
guno parece pre-ocuparse, es decir, tomar acciones antes de, para garantizar que
los alumnos adquieran los datos que la persona frente a ellos les proporciona.
También parecen hacerse de la vista gorda al hablar de las diferencias entre los
métodos y modelos de aprendizaje y los de enseñanza. Parece que sólo existiera
uno. Que ese “uno” es el más importante porque vale más atiborrar de datos
sin tener en cuenta las formas en que los alumnos abstraen la realidad. Parece
que entre más se crea que el aprendizaje es homogéneo, más fácil va a ser el
enseñar, o más bien preparar la clase, o más bien calificar, o más bien cobrar el
cheque. Porque, al final, una profesión pagada que no le importa el “cómo” sino
el “qué” reduccionista que opera con números del 1 al 10, no puede importarle
que “educación” no es solamente el cúmulo de información memorizada, sino
el interminable proceso de ser un ser social proactivo, que necesita herramientas
para poder vivir el mundo, por supuesto que también para saber hacer algo que
le ayude a generar dinero, para compartir la memoria de esos datos; capaz de
sintetizar, deducir, inducir y discernir lo que la realidad le presenta diario. A final
de cuentas, para sufrir menos (por no decir “para ser más feliz”).
¿Qué puede escribir sobre educación alguien clasemediero que lleva un par
de clases a muchachos que crecieron en los márgenes de la ciudad? ¿Desde
qué perspectiva les enseño la belleza e importancia de leer un libro si su mayor
preocupación oscila entre que no los asalten de camino a casa, que el chicx que
les gusta quizá no les haga caso una vez que sepa dónde viven, que quizá van
a comer otra vez lo mismo porque no hay para más? Caritas descuidadas, ojos
que han visto mucho, oídos acostumbrados a la violencia. Manos cansadas, otras
muy descansadas. Sueños truncos, ideas reprobadas, sobreesfuerzo reportado.
Deberíamos voltear más la mirada al pizarrón y recordar lo que necesitábamos
cuando estábamos sentados, uniformados, regidos por el sonido de la chicharra.
¿Qué nos hubiera servido para hacernos sentir mejor, para actuar a favor de
otros? ¿No es eso, acaso, el objetivo de la educación?
Escrito en libreta profesional de cuadro grande, marca Scribe de 100 hojas. ▪
Rubí J. Pérez
Autarquía
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