Lo que no logró el océano Pacífico con su paciencia parecida a la
eternidad, lo logró la escueta y dulce oficina de correos de San Antonio:
Mario Jiménez no sólo se levantaba al alba, silbando y con una nariz fluida y atlética, sino que acometió con tal puntualidad su oficio, que el
viejo funcionario Cosme le confió la llave del local, en caso de que alguna vez se decidiera a llevar a cabo una hazaña desde antiguo soñada:
dormir hasta tan tarde en la mañana que ya fuera hora de la siesta y
dormir una siesta tan larga que ya fuera hora de acostarse, y al acostarse
dormir tan bien y profundo, que al día siguiente sintiera por primera vez
esas ganas de trabajar, que Mario irradiaba y que Cosme ignoraba meticulosamente.
Con el primer sueldo, pagado como es usual en Chile con un mes y
medio de retraso, el cartero Mario Jiménez adquirió los siguientes bienes:
una botella de vino Cousiño Macul Antiguas Reservas, para su padre;
una entrada al cine gracias a la cual se saboreó West Side Story con
Natalie Wood incluida; una peineta de acero alemán en el mercado de
San Antonio, a un pregonero que las ofrecía con el refrán: «Alemania
perdió la guerra, pero no la industria Peinetas inoxidables marca
Solingen»; y la edición Losada de las Odas elementales por su cliente y
vecino, Pablo Neruda.
Se proponía, en algún momento en que el vate le pareciera de buen
humor, asestarle el libro junto con la correspondencia y agenciarse un
autógrafo, con el cual alardear ante hipotéticas pero bellísimas mujeres
que algún día conocería en San Antonio, o en Santiago, a donde iría a
parar con su segundo sueldo. Varias veces estuvo a punto de cumplir su
cometido, pero lo inhibió tanto la pereza con que el poeta recibía su correspondencia, la celeridad con que le cedía la propina (en ocasiones más
que regular), como su expresión de hombre volcado abismalmente hacia
el interior. En buenas cuentas, durante un par de meses, Mario no pudo
evitar sentir que cada vez que tocaba el timbre asesinaba la inspiración
del poeta, que estaría a punto de incurrir en un verso genial. Neruda
tomaba el paquete de correspondencia, le pasaba un par de escudos, y
se despedía con una sonrisa tan lenta como su mirada. A partir de ese
momento, y hasta el final del día, el cartero cargaba las Odas elementales
con la esperanza de reunir algún día coraje. Tanto lo trajinó, tanto lo
manoseó, tanto lo puso en la falda de sus pantalones bajo el farol de la
plaza, para darse aires de intelectual ante las muchachas que lo ignoraban, que terminó por leer el libro. Con este antecedente en su currícu12