dijera sus cositas… Si usted me lo permite me gustaría publicar fragmentos de su libro en el
periódico… esos son los textos que este país necesita -decía Oveja convencido.
Risas de hiena y muecas de Molière adentro de German.
-Usted se da un aire al primo de Beatriz Viterbo… -irrumpió Pomares.
-¿Beatriz Viterbo? Es un elogio para mí que encuentre similitudes entre tan alta pluma y este humilde
redactor.
Nada sorprendido, el literato llamó a uno de los meseros de Añil. De la bandeja tomó la botella, le
rellenó la copa de tinto a Nacho Oveja y en tono comprensivo, como el del papá que aconseja al niño, le
susurró al oído: “El periodismo no es bueno, ni malo. Es incorregible”.
Un signo de interrogación apareció en medio de las cejas del periodista.
-Usted debería conocer a Martin Mulligan. Su trabajo podría interesarle más que el mío. -Doblemente
sorprendido, Oveja se plegó a las sugerencias del escritor.
-Mire, él está por allá. -Señaló una de las esquinas de la galería-. Josefina, decile que venga.
Titubeante, el poeta Mulligan tomó la mano de Fiorella y acudió al llamado de la fotógrafa.
-Esa foto de esa mujer frente al Támesis… ¿Cómo obtengo una copia de esa foto?, -preguntó Martín.
-No sabía que realmente le interesara mi trabajo ¿Primera vez que lo ve?
-Sí… leí el anuncio de la exposición y vine. No pensé que encontraría una foto así.
-¿Así cómo? -frunció el ceño Josefina
-¡No, no, no! -objetó Pomares-. Si el poeta habla no se detendrá nunca, el propósito de
-¡No