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cuando me acordé de la pregunta. —Oye, mamá, ¿qué crees tú que puede comer un mukusuluba? —¿Hipólito? —El nombre es lo de menos. —Pues ayer lo que te preocupaba era el nombre. —Eso era ayer. —¡Flan! —dijo de pronto mi madre. No era mala idea. Los flanes están riquísimos. —Esta tarde me apetece flan para merendar —dije. Entonces mi madre puso la voz ronca y la cara muy fea y dijo: —¡Gil es un mukusuluba!