Habíamos acordado meses atrás que ella llamaría el diez de cada mes. Los días pasaron y Ana no llamaba. Hasta que al fin sonó el teléfono, por suerte mi marido estaba trabajando y yo tenía la casa para mi sola.
Pero no era Ana al otro lado del teléfono y no eran buenas noticias las que escuchaba. Corté el teléfono y tomé la plata que Fernando tenía escondida en la parte de atrás del armario. De repente me olvidé de todo y ya no le tenía miedo ni a Fernando ni a nada. Con lágrimas en los ojos, tomé un taxi hasta el aeropuerto y volé a París, al colegio. De allí me mandaron al hospital donde estaba Ana. Acostada en una camilla con vendas en las muñecas. El director del colegio me dijo que estaba grave y que algunas chicas solían escucharla llorar en su habitación y que siempre estaba sola. La encontraron en el piso junto a un tarro de pastillas vacío. Fue un milagro.
Por primera vez tomé una decisión por mi cuenta y nos mudamos a París, sin mi marido. Yo trabajaba en el colegio de Ana como profesora de español y pronto nos mudamos con mis tres hijos a nuestra nueva casa.
Micaela Armani