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El milagro

Nunca pensé que Ana iba a poder salir con vida. Nunca le debí haber hecho eso, nunca le presté suficiente atención, ella me lo decía pero yo estaba demasiado ciega para tomármelo en serio.

Cuando vivía en casa, en Buenos Aires, no le di a entender lo mucho que la amaba, lo mucho que ella me importaba y a tan corta edad la mandamos a estudiar a París, idea de mi esposo, claro. Siempre yo tan obediente a mi marido, indefensa y vulnerable.

Él es el que trae el dinero para comer, él es la causa por la que tengo un techo y una cama para dormir o al menos eso me decía él, que yo no soy suficiente, que yo no podría mantener una familia sola. Entonces cuando se le ocurrió la idea de mandar a Ana, nuestra hija mayor, a un internado en París, no tuve más remedio que obedecer. Ella lloró y suplicó que no la mandemos a Europa por varias razones: primero, que no sabía una palabra en francés y segundo que nunca fue una chica muy sociable, no se relacionaba fácilmente.

Pero a pesar de eso yo creía que iba a estar mejor allí, ella nota que su padre nos maltrata a mí y a sus hijos. Sostengo que le va a venir bien estar alejada de esta casa por un tiempo.

Había pasado un mes cuando finalmente Fernando me dejó llamar por teléfono a Ana, por suerte yo le había advertido que esto podía pasar, para que ella no se preocupara. Ana me contó cómo le iba en sus clases y con el idioma, no le iba muy bien. No había hecho amigos y casi no salía de la residencia. Nos comunicábamos una vez por mes y cada vez ella me suplicaba volver.

Yo no me animaba a decirle nada a Fernando, siempre tan amargado y malhumorado. Ya iban nueve meses desde que Ana se fue y yo esperaba ansiosa a que me llamara.