ISSN 0124-0854
N º 192 Octubre de 2012
Diarios de la experiencia del ser para habitar el mundo a través de los signos.
En esos años de muchacho escribía en cuadernos que llevaba a todas partes, para que cuando llegaran las palabras me cogieran con un papel cerca, y deponer la mirada sobre mí, y descansar de la enferma vigilia, escribiéndome. Porque hay una paradoja: escribir te cuenta y a la vez te libera de vos, y entrás a ser parte de algo que ya no sos y sí, pero en el mundo, e indistinto. Comunión y reposo de la tiranía del yo. Recuerdo una expresión de Juan Domingo Argüelles mencionando a la escuela:“… y en donde leer es generalmente una obligación y no una perdición”. Él habla de lectura, pero sabemos que escribir participa del mismo río de palabras, en el que convinimos nadar plenos y ahogarnos también. La escritura reinventa al lector. Dice la Real Academia Española que perdición es:“ acción de perder o perderse. Ruina o daño grave en lo temporal o espiritual. Pasión desenfrenada de amor. Condenación eterna. Desbarate o desarreglo en las costumbres o en el uso de los bienes temporales. Causa o persona que ocasiona un daño grave”. Como ven, no hay casi nada bueno( salvo la pasión que arrastra), pero creo que Argüelles habla de pérdida del yo, de distracción por vértigo, de alivio y viaje en aventura, del canto de las sirenas con noticias de delirio y arrebato. Habla del entusiasmo de los románticos. Perdición en el disfrute de otra comarca de sueño y vida posible. Perderse en otros mundos, ser otros seres momentáneamente. Vivir otras vidas. Y esto habla de la lectura y por igual de la escritura, porque en ellas, en esa oscilación entre el afuera y el adentro hay un ser que se reconcilia y se extravía. Se recoge y se esparce en oleadas. Y ahora llega otra palabra: esparcimiento; sano esparcimiento dicen, y es porque debe haber insano, claro. Y aquí hay algo más de índole moral en el uso que el establecimiento hace del idioma. Pero esparcirse es no concentrarse, soltar el fardo de la tensión y descansar. Esparcirse, irse, perderse, exiliarse de las contingencias inmediatas en la escritura y la lectura, para asistir por el poder del lenguaje al encuentro de sí en los otros, en el mundo de la vida.