ISBN 0124-0854
N º 189 Julio de 2012
ochocientas representaciones, sin disminuir la afluencia de espectadores. Los adolescentes contraatacan a los pedagogos y sus eternos análisis literarios de obras oficialistas con el grito rebelde de la novela ¡ Que viva la música!, especie de devocionario de los culimbos. Aun así, Andrés Caicedo fue, y sigue siendo, un escritor de alcantarilla, un sospechoso a quien los correctos ciudadanos de la república prefieren fingir que desconocen y, por supuesto, mantienen apartado de sus hijos.
Foto de Eduardo Carvajal
La lente de su amigo, el otrora pandillerito, Eduardo“ la rata” Carvajal, lo muestra sonriente en la fotografía donde nuestro autor parece conservar el pacto fáustico de la eterna juventud. Ese flash afortunado le ha dado la vuelta a Colombia y es objeto de contemplación fervorosa. Sus libros, en tirajes abundantes, se agotan a ritmo de imprenta. Sus piezas teatrales, Angelitos empantanados y Los diplomas, alcanzan casi las
Soñó alguna vez con convertirse en un profeta del mal ejemplo. Todo su esfuerzo creativo estaba orientado a permanecer en el paraíso de la pubertad; por ello perseveró en su obsesión de una literatura de jóvenes para jóvenes, en que los niños-muchachos perversamente, clandestinamente, se rotaran sus textos a espaldas de sus casposos profesores. Andrés Caicedo detestaba a los adultos por el hecho de ser adultos. Actitud muy propia de todos los prematuros. Recuérdese a Alfred Jarry con su inmortal Ubú, construido a partir de un retrato sarcástico de su profesor de Física. La burla y el desprecio parecen ser un buen gozne para abrir ciertas puertas.