ISBN 0124-0854
N º 177 Junio de 2011 cicatero— le mutilaron, de entrada, los rizos que con tanta maña había moldeado.
Aunque no dejó de sacudir las caderas como un pavo real y de taconear sobre las baldosas como en una pasarela, Kemberly sacó algo de ese macho que tenía extraviado y se defendió:—¡ Pero cómo me van a cortar el pelo si es que yo soy una travesti bella, regia!, ¿ es que no entienden?—, gritó.
Como se resistía, Pedro fue esposado de pies y manos. Primero le rebanaron los crespos con tijera, porque la máquina se atrancaba; luego, la barbera se deslizó por el cráneo hasta que lo dejaron como un soldado.“¡ No, Dios mío bendito, pero por queeeé!, ¡ pero por queeeeé tuve que caer en este hueco!”, rugía y lloraba como una Magdalena, mientras los tajos de pelo caían impunemente.
Así comenzaron no sólo cuarenta y un meses de presidio, sino la lucha de Pedro por sustituir aquel varón postizo que veía delante del espejo, por aquella chica que su papá ya había aceptado como tercera hija y a la que le compraba bikinis y labiales, sin sumirse en introspecciones morales. Pero, ¿ por qué Kemberly y no Sandra o María? Ese nombre— dice Pedro— se lo puso en la calle una matrona travesti, de acento caribeño, cuando lo vio por primera vez.
— Pero estás muy chusca, muy bonita, ¿ cómo te llamas?— preguntó la“ Costeña”.
— Ah, ¿ sí? Yo me llamo Triny— contestó Pedro.
— No. Usted de ahora en adelante se va a llamar Kemberly— anunció la“ Costeña”, en tono autoritario y entonces sacó una cuchilla y“ ñannn”, la marcó en el brazo.
Kemberly reclamó furiosa y la“ Costeña” solo atinó a decir:“ Ya quedaste bautizada, ninguna más me la puede tocar a usted, ¡ ninguna más!”.
La cárcel es para varones
La porción de piso helado de donde Kemberly se levantó esta mañana mide un metro por cincuenta centímetros. Le dicen el pasillo“ La USA” y está en el patio octavo, a nueve puertas y nueve candados de la libertad. Para llegar hasta allí bastaría con dejarse sorprender con cinco papeletas de bazuco y no presentarse ante el juez por una mala recomendación de un abogado. Así le pasó a William Montoya, un hombre que fue condenado a sesenta y cuatro meses de prisión y que ahora pide conmiseración.
Antes de poder escuchar el rechinar de los cerrojos, lo primero que ve un nuevo huésped de Bellavista, cuando se baja de la“ bolita”— como llaman al vehículo del Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario( Inpec)— es una puerta con detector de metales, como los que utilizan en los bancos. Es la primera entrada al penal y, en consecuencia, el primer