ISBN 0124-0854
N º 162 Febrero 2010 aprende y expresa en la vida cotidiana, que anida en la subjetividad de los ciudadanos comunes y corrientes, y que ha logrado hacer parte de las“ representaciones simbólicas” con las que se siente, se vive y se actúa en la política. Se trata de una dimensión casi imperceptible y difícil de asir, pero contundente a la hora de explicar el comportamiento político de los“ protagonistas” de la política( gobernantes, representantes, funcionarios) y del ciudadano común que, en algunas ocasiones, participa activamente en la esfera pública y en otras, es un receptor pasivo de las implicaciones que tiene la toma de decisiones de otros.
Cuando hablamos de cultura mafiosa nos referimos a prácticas como sacar ventaja con el mínimo esfuerzo, otorgar al dinero y al poder una supremacía que pone en jaque las virtudes ciudadanas e incurrir en negocios y transacciones ilegales; en suma, nos referimos a procedimientos que promueven el facilismo, la trampa, el chantaje para el ascenso económico, social y político. Y en las que, además, se acude al aniquilamiento del otro
para acceder al poder, con una sevicia que genera miedo paralizante en muchos y fascinación por el lujo y el derroche en otros.
En el sistema político son espantosamente comunes la financiación de campañas políticas con dineros provenientes del narcotráfico, la corrupción que implica la compra de votos, el desvío de los recursos, el enriquecimiento personal de quienes ocupan cargos públicos, el clientelismo expresado en intercambio de favores, la asignación de puestos por nominación personal directa y, aún más grave, la conversión de los derechos ciudadanos en prebendas. Pero los ciudadanos tendemos a ver estos rasgos como ajenos. Apenas sí nos atrevemos a preguntar: ¿ cómo han operado en nosotros? ¿ Cómo los reproducimos? ¿ Cómo afectan nuestras prácticas, comportamientos y procederes? Porque, aunque por momentos consideremos esta realidad como ajena, cierto es que permea nuestras rutinas y, aunque nos cueste reconocerlo, transitamos a menudo por esa delgada línea que hace difícil