ISBN 0124-0854
N º 164 Abril de 2010 por el predominio de un componente estético en el caso de la literatura, y por la omnipresencia del poder en el caso de la política. En otras palabras, es la presencia dominante de distintos componentes lo que diferencia a literatura y política. No sobra decir que la diferencia no las jerarquiza, haciendo una más importante que la otra. Simplemente las diferencia entre sí. Eso ya es bastante.
Que la práctica de la literatura se distinga de la de la política por el predominio de un componente estético que conlleva la presencia constante y reiterada en el texto literario de la ambigüedad, además de la dominación de la expresividad sobre la comunicabilidad, no implica jamás que en la literatura no tengan arraigo las relaciones de poder. Ella misma, en su despliegue en el escenario social, patentiza unas relaciones de poder. Solo que esas relaciones están expresadas desde una demanda múltiple de lo estético. Esa irrupción de lo literario en las sociedades humanas es una carta marcada que los poderes ponen sobre la mesa. Lo que la distingue de las demás es que ella está identificada por lo estético.
Dos
En ese escenario de las relaciones entre literatura y política emerge la figura inquietante de Miguel Hernández. Él tiene, simultáneamente, múltiples condiciones. Hay muchos Miguel
Hernández en esa apariencia engañosa de un solo hombre. Es, por ejemplo, un campesino cuidador de cabras. Es también, ¡ y vaya que lo es!, un militante de la izquierda republicana de finales de los años treinta. Pero sobre todo, es un poeta. Por ello, precisamente por ello, su vida entera es un canto a la libertad. Es esa libertad sin límites que la escritura literaria hace materialmente posible lo que atraviesa de lado a lado, todos los Miguel Hernández que hay en Miguel Hernández. Todos aparecen tocados y transformados, pero en primer lugar y sobre todos los demás, el poeta profundo y exquisito que hay en él.
Dirán, y ello de alguna manera es cierto o, mejor, válido, que Miguel Hernández se movió de manera intuitiva en el extremo izquierdo de la izquierda republicana durante el penoso episodio de la Guerra Civil en la España de finales de la década del treinta. Dirán también, y eso podrá considerarse aceptable, que su compromiso con los españoles y con su historia, pero sobre todo con su apuesta sobre el futuro, puede y debe enmarcarse en el contexto del anarquismo español. En el interior de ese anarquismo que tuvo como su razón de ser una apuesta radical y abierta por la libertad, expresada en la consigna“ Ni Estado, ni Dios, ni Patrón”. Sin duda que es así. Sin embargo, me parece que es importante subrayar que la apuesta de