ISBN 0124-0854
N º 159 Octubre de 2009
Luego de ciertas peripecias en París durante la época de Napoleón, se unió a la expedición que presidía Alejandro Humboldt. En Santa Fe, el grupo de científicos encontró un ambiente propicio para las discusiones científicas y políticas. Humboldt, Bonpland y demás visitantes establecieron relaciones con los criollos ilustres del momento, en especial con quienes participaban en la Expedición Botánica que dirigía José Celestino Mutis. Así, a medida que trascurre la historia, Francisco José de Caldas, Francisco Matís, Carlos Montúfar y otros jóvenes patriotas, van convirtiéndose en héroes de fábula de la mano de la autora.
La francesa, cuyo nombre no aparece en la novela, permaneció en Santa Fe cuando Humboldt y acompañantes continuaron su viaje. Ella se había enamorado de Caldas y, a lo largo de un buen número de páginas, conocemos los amores ocultos pero felices que se llevaron a cabo en el Observatorio Astronómico de Santa Fe. Aquella ciudad todavía respiraba un aire de sosiego proveniente de la Colonia, hasta que un día resonó el grito de independencia por todos sus rincones. Con la instalación del cabildo abierto, los hechos se precipitaron. Tal momento, según cuenta la narradora, le cambió la vida al astrónomo payanés y abrió el camino a la rebelión que tanto deseaban los criollos.
Una faceta novedosa de la obra está relacionada con las creencias religiosas de la francesa, quien practicaba en secreto las tradiciones de sus ancestros. En Provenza floreció en el siglo XIV la secta de los Cátaros y— aunque según la historia fue prácticamente exterminada por la Inquisición y por las cruzadas organizadas desde Roma— subsistieron a través de los siglos pequeñas comunidades fieles a las