ISBN 0124-0854
N º 151 Febrero de 2009
fronteras de su localidad, porque se ha empapado de mundo y es en el mundo donde ha acometido sus hazañas: enfrentando las fuerzas de los poderosos, se mueve unas veces en las márgenes, otras veces en la ley, para alcanzar los logros que se materializan en el dinero. La aventura tiene el tamaño del botín con el que se puede desafiar la institucionalidad. Sin embargo, siempre está sometido a la amenaza de otros que desean suplantarle, de allí que se haga acopio de fuerza y violencia para mantener a los potenciales rivales bajo el arbitrio de sus preceptos. Por eso constituyen grupos cerrados, ocultos, que se mezclan en un orden llevado a su máxima realización en el mantenimiento de las lealtades personales.
El constante movimiento, el esfuerzo, lo titánico, lo idílico y el juego de las lealtades, hacen parte de la tradición oral que re-crea la heroicidad del que venció la procedencia social, el marginamiento cultural y las condiciones económicas, para poner en jaque a los poderosos, arrebatarles el dinero y hacer justicia repartiéndolo entre los desposeídos. Es el héroe justiciero leal con sus amigos, implacable con sus enemigos, capaz de transformar el mundo, con ejércitos a su disposición y unos rituales que escenifican constantemente su existencia: las fiestas, los combates feroces, las transacciones comerciales, las cuantiosas sumas de dinero y hasta las formas de ejercer justicia, tejen en torno a él unos relatos que trascienden el tiempo, que eternizan el instante. La ropa, las joyas, los objetos que lo caracterizan son una forma de mitificar un mundo desencantado; es glorioso saber que el héroe tiene un caballo que vale miles de dólares o que posee un avión personal o una mansión que es la réplica de un castillo encantado; estos objetos mitifican, epitomizan el mundo“ vulgar” que les rodea.
Como lo evidencia Benjamin( 1997), el mundo se re-sacraliza a partir de los objetos nuevos como figuras de lo más antiguo. El mundo en su eterno retorno, en decadencia y en un constante resucitar, es posible porque aún los héroes alimentan la existencia del sueño de lo inmortal, de lo invencible, de lo todopoderoso. El héroe acerca al hombre a la divinidad y al orden sacro del mundo; él no es como los hombres, pero está hecho de su misma esencia, permite retornar a un mundo en el que todavía la naturaleza está de lado de los hombres y los dioses no los han abandonado. El vencedor no es el héroe, antropomórficamente hablando, sino los ideales y las virtudes que encarna, y que son los mismos de la sociedad que cuenta sus proezas.