ISBN 0124-0854
N º 140 Febrero 2008 poetas resulten raros repentinamente. Y, dado que resultasen, ya no serían en tal caso raros, ni mucho menos: serían comunes y ordinarios. Mas, como la tal alma humana es un misterio y un rebujón, bien puede la lógica más estricta marrar en este campo.
Acaso la tal arte literaria no tenga la verdad y la seriedad que a mí se me figura; acaso esté en razón el vulgo al creer, como cree, que ella es un juego, un pasatiempo, una pura ficción. Lo cierto es que arte puede ser cualquier bobada, y que el corazón, de quien ella es eco y trasunto, será siempre lo más absurdo y disparatado. Por eso es tan querido y tan noble.
Bien haces en llamarme cura sofístico. Como a ti, se me figura que mis razonamientos son una mentira muy gorda que me estoy metiendo yo mismo; un antojo de probarme y de probar que no siempre soy tan descabellado y falto de juicio.
Tu noticia sobre la difuntez de mi regionalismo es una crueldad tuya, amigo mío. Ya ni aun hiede: tanto tiempo ha que murió. Ni yo mismo trataré de desenterrarlo. Uno tiene el derecho y debe tener el valor de avergonzarse de los suyos, muertos o vivos. Uno tiene la obligación de conservarse y buscar, por lo mismo, el sol que más calienta. Tu párroco, tan viejo y tan chiflado por la región, y que no quiere quedarse el último de la caravana, todo perdido en el
desierto y con el monolito a cuestas, cualquier día se consuela sacando por ahí, a falta del patrio, muerto, cualquiera otro de los regionalismos extranjeros y remotos que ahora privan; un regionalismo egipcíaco, por ejemplo: hileras de camellos fatigados, hileras de esfinges silenciosas, remolinos de ibis en bandadas, el Nilo que se desborda, los cocodrilos que asoman, los cocodrilos que se hunden, el loto expansible que flota sobre la onda pavorosa, las moles faraónicas, allá en el confín desvanecido del desierto, el templo... Isis... la sombra de Cleopatra...
¿ No será todo esto lo que llaman color local? ¿ No será tan regionalismo como cualquiera? Y todo eso es muy hermoso realmente.
Me gusta que reconozcas mi elogio. Valga o no valga, sea el voto del necio o del discreto, no es él ese ditirambón incondicional, chocante para quien lo recibe, toda vez que es hijo de la parcialidad. Tú, mi buen amigo Farina, no estás en el caso de que te apliquen indulgencias, ni de que gasten contigo alabanzas de compañerismo: resistes todo el furor de las justicias, que no tienen entrañas.
No hay, pues, por qué agradecer mi voto tan redondo. El ocultismo que te tacho, tal vez sea tu gran cualidad; pues, lo que de un lado es ocaso, es aurora del opuesto. Sigue cantando cual te plazca; que, como reza un