ISBN 0124-0854
N º 133 junio de 2007
Natalia Pikouch
Aída Gálvez Abadía
Corría el año de 1982. Pocos meses antes, había dictado mi primera clase a los estudiantes del departamento de Antropología y como de costumbre, la Universidad programaba el curso de ingreso al escalafón para familiarizar a los nuevos docentes con el oficio. Reunidos en la sede de El Hatillo, iniciamos la inducción que duraría una semana. Al momento de la presentación de cada quien, nos sorprendió un acento femenino extraño, de una acabada modulación en el idioma español:“ Me llamo Natalia Pikouch y soy filóloga ucraniana”, dijo mientras se erguía con un gesto un tanto militar, una rubia pequeña, maciza y de tez rosa. La empatía brotó de inmediato entre ambas, de modo que el curso de inducción resultó también una coyuntura para acercarme al mundo de Natalia y de su pequeño hijo Kolia. Habitante de un apartamento en un Bello semirural, que admitía torrentes de luz y de verde a través de las ventanas, traslucía allí su tierra natal en los platos preparados, en íconos y tapetes diseminados por el apartamento, en la música escuchada, en los títulos de ajenos caracteres que sobresalían en los lomos de sus libros y claro está, en las conversaciones mantenidas en ucraniano entre madre e hijo.
Visitar a Natalia uno que otro fin de semana se convirtió pues, en una suerte de inmersión en aquello que constituiría el foco de su pasión de buena parte de su oficio literario: los cuentos infantiles repletos de hadas, ogros, infantes juguetones, adultos severos, en tramas que iban desde el claroscuro de la condición humana y animal de sus protagonistas, hasta el triunfo de las buenas causas, luego de mil peripecias. A la vez, Natalia seguía con genuino interés el recuento de mis viajes por la selva del noroccidente antioqueño, donde trabajaba con los pueblos indígenas. Su sensibilidad y apertura de pensamiento la convertían en una interlocutora sagaz, inmersa en cada instante, en cada palabra de la conversación, siempre exigente en cuanto a los matices de ideas y sentimientos intercambiados, siempre de humor marcado por una risa tan sonora como ella.
Por avatares de la vida laboral, nuestros encuentros se espaciarían en los años 90. De retorno a nuestra amistad en años recientes, hallé a una Natalia que había virado hacia la espiritualidad. En algún retorno a Kiev había asumido un compromiso de fondo con el