ISBN 0124-0854
N º 119 Marzo de 2006
Requiem de Mozart
Por León de Greiff
Una carta elogiosa y anónima de julio de 1791 es el origen del Requiem de Mozart, su última obra. En la carta le encargan un Réquiem luego de preguntarle por el precio y de fijarle un plazo para su entrega. El mensajero de la carta es un hombre flaco, de sombría mirada, vestido de luto. Torna el mensajero pocos días después. Trae la suma valor de la obra, cien ducados. Cincuenta ducados. Amplía el plazo para la entrega y recomienda a Mozart no hacer ninguna averiguación acerca del cliente, cuyo nombre nunca sabrá.
Mozart regresó a Viena el dos de septiembre, mortificado y dolido por el fracaso de su ópera Tito. Hablaba a sus amigos de su cruel destino y de su fin ya próximo. A esto se agregaba el pensar en el personaje misterioso que le había encargado el Réquiem. La imagen del siniestro mensajero, de aviesa mirada y que no era sino un criado con librea de luto, se convertía en su imaginación en la figura de un enviado del más allá. Su patrón era la Muerte, y era al mismo Mozart a quien encomendaba su misa fúnebre.
Este incidente encontró más tarde, demasiado tarde para que Mozart la conociera, una explicación muy sencilla. Se trataba sólo de la astucia de un tal conde Walsegg, melómano y plagiario a la vez, que gozaba copiando con su propia escritura ciertos cuartetos que se procuraba. Después de lo cual los hacía tocar y con un gesto muy enigmático, preguntaba a su auditorio sobre el autor de los trozos ejecutados... que casi siempre, para su complacencia, se le atribuían. Como su esposa había muerto poco hacía, soñó apropiarse un bello Requiem en su honor.
Esto en cuanto al origen. El otro problema consiste en saber hasta donde la obra es íntegramente de Mozart y cual es la participación que hay en ella de sus discípulos.
Después de la muerte de Mozart se ejecutó el Requiem en memoria suya y fue entonces cuando se descubrió que su obra y la que apareció como del conde Walsegg eran una misma.
Seguramente la viuda de Mozart, temiendo al