ISBN 0124-0854
N º 105 Noviembre 2004 como uncia el Libro, " en Ramadán se hizo desnder el Corán para guía de los homs ". Según la tradición, la revelación diviacaeció exactamente en la noche del, denomida por el Corán Lailat al Kadr o he del destino, pues en ella Gabriel se reció al Profeta mientras dormía y le enó: " iLee!". Dice la azora 97: " Lo demos revelado en la noche del Destino. Y cómo sabrás que es la noche del pastino? La noche del Destino vale más e mil meses, los Ángeles y el Espíritu cienden en ella, con permiso del Señor, ra fijarlo todo. iEs una noche de paz sta rayar el alba!". Numerosos musulanes consideran que los acontecimientos del año se deciden el curso de ella y pernoctan los terrados o patios de sus sas con esperanza de recibir baraca. Conforme a algunos Ihadices, los demonios y diablipermanecen encadenados urante Ramadán, especialmenla noche vigésimo séptima, reputada asimismo por mágica y favorable a toda suerte de conjuros y encantamientos. Los principales viajeros del área islámica han trazado un catálogo de sus costumbres y ritos. Una vieja leyenda cairota asegura que el agua salada deviene súbitamente dulce y, antaño, algunas familias padosas sacaban vasijas a los terrados para cerciorarse del supuesto portento. La oración del alba en la Gamaa Husein aventaja a las demás en emoción y grandeza. Millares de fieles aguardan durante horas el comienzo de las preces en el interior del templo mientras una marea humana pugna por entrar en él como atraída por el vórtice de un remolino. Menestrales humildes, campesinos de
inmaculadas galabías, artesanos con el fervor pintado en sus rasgos repiten las aleyas de la Fátiha, muestran las palmas abiertas con ademán implorante, las restriegan con unción a sus mejillas, elevan conmovidos los brazos hacia la Divinidad protectora; obedientes a la voz del imam, se incorporan, inclinan, prosternan, ejecutan el xuhud con la frente en tierra, cumplen las arracas con sobrecogedora prontitud y energía. Algunos rostros rudos aparecen surcados de lágrimas; labios bellos, rotundos, repiten con voz desgarradora la profesión de fe islámica. En el centro del oleaje encrespado, emerge, sobre los hombros paternos, la frágil silueta de un niño como una barquichuela zarandeada por las aguas. Las últimas noches de Ramadán, El Cairo desborda de nocherniegos: acomodados con sus teteras y narguiles en las improvisadas mesillas de las aceras laterales de la mezquita de Husein, escuchan la música de los cafés, las loas populares en honor del Profeta y del Imam Mártir; asisten a los espectáculos culturales del El Ghuri, protagonizados por orquestas y cantores de diferentes lugares de Egipto, en medio de un público insomne y arrebatado; se congregan bajo los toldos de tapices y alfombras multicolores a atender a una práctica religiosa o acompañar las jaculatorias y danzas extáticas de las principales cofradías sufíes, cuya cadena iniciática se remonta a veces hasta famosos santos del Sudán o Marruecos: repetición incesante del nombre de Allah o grito de Al Hai con la misma recogida exaltación que sus