ISBN 0124-0854
N º 89 Febrero 2003
Días y noches de amor y de guerra ~ on la que ganó el premio Casa de las Américas---, Ser como ellos, y la trilogía Memoria del fuego.
el jaguar
Desde entonces, el jaguar odia a los hombres. Del fuego, no le quedó más que el reflejo que brilla en sus pupilas. Para cazar, sólo cuenta con los colmillos y las garras, y come cruda la carne de sus víctimas.
Andaba el jaguar cazando, armado de arco y flechas, cuando encontró una sombra. Quiso atraparla y no pudo. Alzó la cabeza. El dueño de la sombra era el joven Botoque, de la tribu Kayapó, casi muerto de hambre en lo alto de una roca.
Botoque no tenía fuerzas para moverse y apenas sí pudo balbucear unas palabras. El jaguar bajó el arco y lo invitó a comer carne asada en su casa. Aunque el muchacho no sabía lo que significaba la palabra " asada ", aceptó el convite y se dejó caer sobre el lomo del cazador.
- Traes el hijo de otro-reprochó la mujer.
- Ahora es mi hijo-dijo el jaguar.
Botoque vio el fuego por primera vez. Conoció el horno de piedra y el sabor de la carne asada de tapir y venado. Supo que el fuego ilumina y calienta. El jaguar le regaló un arco y flechas, y le enseñó a defenderse. Un día, Botoque huyó. Había matado a la mujer del jaguar. Largo tiempo corrió, desesperado, y no se detuvo hasta llegar a su pueblo. Allí contó su historia y mostró los secretos: el arma nueva y la carne asada. Los Kayapó decidieron apoderarse del fuego y de las armas, y él los condujo a la casa remota.
Texto de Eduardo Galeano en Memoria del Fuego l. Los nacimientos.
cómo nacieron el sol y la luna
En medio de la oscuridad, una hermosa india arhuaca tuvo dos niños que despedían luz por todo el cuerpo y, temerosa de que al verlos se los robaran, los escondió en una cueva; sin embargo, el resplandor que producían era tanto que se filtraba por las hendijas de la puerta y fácilmente fue visto por los demás indios que, curiosos, quisieron saber qué había adentro. Con flautas, caracoles y tambores llegaron hasta las cercanías de la cueva y empezaron a tocar una música hermosísima; las suaves notas llegaron a oídos de los niños indios, y Yuí, el varón, salió para escucharla mejor. No fue sino verlo los indios y trataron de cogerlo, pero Yuí voló y subió hasta el cielo donde se convirtió en Sol; los indígenas que miraron para verlo subir quedaron convertidos en piedras. Empero, la luminosidad habida en la cueva continuaba y tenues rayos se asomaban por las hendiduras; los indígenas resolvieron tocar más hermoso, y Tima, la hermana de Yuí, también salió para escuchar mejor; los indios, temerosos de que