ISBN 0124-0854
N º 83 Octubre de 2002
jóvenes responden con una cercanía hecha no sólo de facilidad para relacionarse con las tecnologías audiovisuales e informáticas, sino de complicidad expresiva: es en sus relatos e imágenes, en sus sonoridades, fragmentaciones y velocidades que encuentran su ritmo y su idioma xxviii. Idioma en el que la oralidad que perdura en estos países como experiencia cultural primaria de las mayorías entra en complicidad con la oralidad secundaria xxix que tejen y organizan las gramáticas tecnoperceptivas de la visualidad electrónica: televisión computador, video. Se trata de una visualidad que ha entrado a formar parte de la visualidad cultural, a la vez entorno tecnológico y nuevo imaginario " capaz de hablar culturalmente— y no sólo de manipular técnicamente—, de abrir nuevos espacios y tiempos a una nueva era de lo sensible ‖ xxx. Las nuevas generaciones saben leer, pero su lectura se halla reconfigurada por la pluralidad de textos y escrituras que hoy circulan, de ahí que la complicidad entre oralidad y visualidad no remita al analfabetismo sino a la persistencia de estratos profundos de la memoria y la mentalidad colectiva " sacados a la superficie por las bruscas alteraciones del tejido tradicional que la propia aceleración modernizadora comporta " xxxi. Finalmente la contracultura política apunta, de un lado, a la experiencia de desborde y desubicación, que tanto el discurso como la acción política atraviesan entre los jóvenes. La política se sale de sus discursos y escenarios formales para reencontrarse en los de la cultura, desde el graffiti callejero a las estridencias del rock. Entre los jóvenes no hay territorios acotados para la lucha o el debate político, se hacen desde el cuerpo o la escuela: erosionando la hegemonía del discurso racionalistamente maniqueo que opone goce a trabajo, inteligencia a imaginación, oralidad a escritura, modernidad a tradición. Donde esa contracultura se está haciendo en estos últimos años más expresiva es en el rock en español. Identificado hasta hace bien poco con el imperialismo cultural y los bastardos intereses de las trasnacionales, el rock adquiere en los ochenta una sorprendente capacidad de decir, en nuestros países, algunas transformaciones claves de la cultura política xxxii. En Colombia el rock en español nace ligado— primeros años ochenta— a un claro sentimiento pacifista, con los grupos Génesis o Banda Nueva, pasando en estos últimos años a decir la cruda experiencia urbana de las pandillas juvenjles en los barrios de clase media-baja en Medellín y media-alta en Bogotá, convirtiéndose en vehículo de una conciencia dura de la descomposición del país, de la presencia cotidiana de la muerte en las calles, de la sin salida laboral, de la exasperación y lo macabro. Desde la estridencia sonora del Heavy Meted a los nombres de los grupos— La pestilencia, Féretro, Kraken— y de la discoteca alucinante al concierto barrial, en el rock se hibridan hoy los sones y los ruidos de nuestras ciudades con las sonoridades y los ritmos de las músicas indígenas y negras, y las estéticas de lo desechable con las frágiles utopías que surgen de la desazón moral y el vértigo audiovisual.