ISBN 0124-0854
N º 76 Marzo de 2002 que se hizo carne y habitó realidades.
Palabra y carne que no sabe de distinciones, que no obliga a elecciones, que no es puta ni santa, pero que se hace un espacio, se vuelve morada y desacomoda las equívocas razones de la conformidad, del“ aquí no pasa nada”, de la felicidad a cuenta gota. Esa palabra doliente, que causa la herida, es a la que se han acercado hombres y mujeres en procura de una voz para decir, decirse.
Ernest Hemingway escribía en una carta a F. Scott Fitzgerald“ Todos estamos emputecidos desde que empezamos, y tú, especialmente; tienes que estar infernalmente herido antes de que puedas escribir nada serio. Pero cuando obtengas esa maldita herida, utilízala, no bromees con ella. Séle tan fiel como un científico.”
Esa herida que deja la palabra no tiene sexo. Emily Dickinson decía:
La pequeña palabra desbordantede la que nadie, oyéndola diría que esconde ardor o lágrimas.
Pero aunque pasen las generaciones, maduren las culturas y decaigan, sigue diciendo
… El dolor tiene algo de vacío; no puedo recordar cuándo empezó o si hubo un tiempo cuando no estaba.
Pero al igual que en Hemingway fue esa herida la que hizo posible la palabra que después devino en escritura, en poesía.
Esa herida es la que una vez abierta no vuelve a cerrarse a menos que su dueño renuncie a ella, es a la que le han cantado generaciones de poetas y escritores. La mujer dirá a su amante: llevo tu herida en mi voz; él entretanto responderá muy quedo: soy ese silencio donde anidan las palabras antes de hacerse poema.
Como en un diálogo entre poemas, la escritura es la apuesta más allá del tiempo, donde el dolor teje con hilos invisibles el vestido que cada uno se pondrá una vez concluido el trabajo. Los días, las horas y los minutos son solo los adornos de ese traje que los dioses ayudaron a confeccionar a los poetas.
Aún hoy, después de muchos avatares creemos que hay otro que nos impone desde afuera los roles de puta o santa; aún creemos que ese otro nos tiraniza, nos esclaviza y, por qué no, nos sataniza. Sin embargo, la realidad se va abriendo paso y nos damos cuenta que ya no es preciso elegir entre una u otra realidad, que ambas nos describen con absoluta claridad y que somos sólo aquello que deseamos ser.
Solo por ese deseo la mujer adviene escritura, poema; se llama Isak Dinesen, Katherine Mansfield, Virginia Wolf, Emily Dickinson, Alfonsina Storni, Alejandra Pizarnik, y tantos otros nombres que es imposible registrar aquí. Se llamará palabra que sabe de dolores y angustias, de miedos y fantasmas, de alegrías y felicidad, palabra que nombra significados y presta su voz para decir, decir-se y convocar mundos posibles, susceptibles de habitar.
Y la palabra se hizo carne y se tornó alimento para los hombres. La palabra instauró significados, nos dio nombre, nos asignó un lugar en el mundo. La palabra nos habita y nos lanza al abismo de nosotros mismos, donde el silencio eterno nos devuelve la plegaria que Emiliy Dickinson elevó a lo infinito para oficiar su arte:
“¡ Ah, dulce Nigromante! ¡ Ah, Hechicero erudito! Enséñame las artes de inculcar una pena que los cirujanos no alivien ni las hierbas del llano puedan curar.”
Vivir entre el amor y el odio. Ser putas o santas, o ambas cosas a la vez. Saber de esta doble condición que nos habita desde siempre, gracias a la cual podemos crear y recrear la palabra con su multiplicidad de sentidos.