ISBN 0124-0854
N º 75 Febrero de 2002 evitar que permanezca en el centro de la ciudad el monumento al vesánico Ejército Rojo, el mismo que con su heroísmo y sacrificio venció a los nazis en Leningrado, Kursk y Stalingrado. El basamento está lleno de pintadas que nadie se molesta en borrar, pero todavía alguien ha podido pintarrajear: NATO fuck off. Entre las bellezas arrebatadoras de Sighisoara – una perla carpática que espero que ningún agente de turismo descubra –, unas sencillas lápidas con su estrella de bronce nos recuerdan a los soldados rusos que murieron por Rumania. El vandalismo neoliberal prefiere entretenernos con los excesos de Ceaucescu( nombrado Sir por la Reina de Inglaterra) y lo estúpido de su gobierno. Sin embargo, Rumania conoció un régimen similar: el Rey Carol II( rey de 1930 a 1940) y el patriarca Miron Cristea gobernaron a su desgraciado país con los mismos métodos que Ceaucescu; pero Carol fue más listo: abandonó Bucarest con su amante, robó la colección de Grecos del Palacio y entregó el país a Hitler. Después, pasó en Portugal un dorado exilio. Su hijo Miguel( rey de 1940 a 1947), que todavía colea, sirvió con idéntica deslealtad al Tercer Reich y a la Unión Soviética, y no le tembló el pulso a la hora de legitimar la ejecución de todo aquel que le estorbase. Hoy, la derecha mundial quiere restaurar en el trono a tan egregio demócrata.
Damnatio Memoriae
Los romanos maldecían con la damnatio memoriae o interdicción del recuerdo, a todos los emperadores que eran derrocados. Hoy, la televisión y demás lavadoras de cerebros también manipulan y retocan los hechos con el mismo cinismo que la célebre Enciclopedia Soviética. Ya nadie se acuerda de los años sesenta, de la frustrada década de Jruschev, cuando la URSS estuvo muy cerca de igualar el nivel de desarrollo
europeo. En 1965, época en la que la Unión Soviética empezó a padecer una fatal esclerosis, todo parecía indicar que los países del Este llegarían a niveles europeos de bienestar con unos servicios sociales superiores. A nadie le parecía absurdo aquello. Hoy, lo que nos asombraría sería que alcanzaran el nivel de hace treinta años
La Sociedad Abierta
En 1983, trece de cada diez mil rusos se suicidaban. Hoy lo hacen sesenta y seis. Otra brillante conquista del libre mercado. En Tarnovo, la ciudad más bella e histórica de Bulgaria, un ingeniero de telecomunicaciones ejercía de proxeneta en los cafés. En los trenes rumanos, al hablar con la gente simpatiquísima que tanto abunda por allí, uno se informa de las miserables tragedias cotidianas, de la triste manera que tienen muchos de ganarse un poco de pan. En los años setenta, un ciudadano del Este tenía todo tipo de servicios sociales gratuitos, sobre todo una educación de calidad regalada por el Estado, ese monstruo. Los bienes eran escasos debido, sobre todo, a la absurda economía de guerra que la gerontocracia de Moscú impuso; si en aquellos días se hubiese frenado el gasto militar, en estas fechas la historia transcurriría de un modo muy diferente. Pero desde 1956, cuando obreros húngaros comunistas se sublevaron contra el estalinismo en nombre de la libertad y de la independencia, hasta 1968, cuando la oportunidad de edificar un comunismo democrático por los checos fue aplastada de nuevo por los tanques soviéticos, el socialismo se empecinó en el camino suicida de negar la libertad y la discusión y en mantener la agobiante noche estaliniana. Los intereses de la nueva clase, la nomenklatura, traicionaron a la vieja idea. Los valedores de la dialéctica no se supieron acoplar a su ritmo. Y la Historia les aplastó. Pero la inmensa transformación de los países del Este en