ISBN 0124-0854
N º 64 Febrero de 2001 los recursos a mejorar su colección, mientras yo preferí proseguir por el peregrinaje de esos excepcionales y absurdos eventos de cine donde uno lucha por el imposible de ver, en diez días, cincuenta o sesenta películas.
Evoco las conversaciones de aquel entonces, simplemente para reconocer que Luis Alberto tenía razón en las cosas en que no coincidíamos. El video ha sido el gran aporte a la democratización de la cultura cinematográfica, y la docencia en cine, una de las vías para que la gente toque a las puertas del paraíso de las imágenes en movimiento.
Para los proyectos de cursos, de la colección de videos y de la revista, Luis Alberto tuvo el acierto de pervertir a Paul Bardwell y lograr que se volviera un cinéfilo radical, capaz casi de poner todo el edificio del Centro Colombo Americano al servicio del cine. Se construyó así, entre ellos, una amistad que se materializó en una serie de proyectos que han continuado luego de la ausencia de Luis Alberto, y que hoy tienen convertida a Medellín en la ciudad de mayor proyección en la cultura
cinematográfica en todo el país.
Alguien tendrá que tomarse el tiempo necesario para escribir, con la exactitud requerida y con las fechas precisas, la manera como se cumplió el itinerario de Luis Alberto Álvarez. Para los fines de este acto, lo único que quiero es destacar que, prácticamente, todo lo bueno que sucede con el cine y el audiovisual en Medellín, tiene que ver con la actividad realizada años atrás por Luis Alberto Álvarez. Basta preguntar a Víctor Gaviria por sus orígenes de cineasta, indagar por la manera como la nueva generación de críticos surgida en la ciudad comenzó a relacionarse con el cine, inquirir a uno de los asistentes de los actuales cursos de cine, preguntarse por el milagro de que una revista de cine como Kinetoscopio llegue a su número 54, y en todas las respuestas aparecerá el nombre de Luis Alberto.
Estuvo en todas esas realizaciones porque siempre pensó el cine con mirada de maestro, soñando con la idea de que los demás aprendieran a apreciarlo con un criterio más enterado y maduro. Luis Alberto Álvarez era un
maestro por naturaleza, y poseía además la otra gran virtud que debiera abrir las puertas del claustro universitario: el temple de una clara postura moral frente al mundo. Concebía el cine como un medio de expresión del hombre, pero reclamaba de esa visión un compromiso con los sentimientos más profundos del ser humano: el amor, la piedad, la compasión. Por eso huía del cine cínico o de aquel que se regocijaba en mostrar gratuitamente la violencia o el sufrimiento del hombre. Por eso amaba las películas de Jean Renoir, de Roberto Rossellini, de Robert Bresson y, en general, de los que podemos llamar humanistas del cine.
Me alegra, del acto de hoy, que hace justicia a un hombre intelectual y moralmente excepcional, con vocación primera y fundamental de maestro, que queda así vinculado irrevocablemente al claustro universitario. Luis Alberto, tu sueño de ver el cine en la Universidad es ya una realidad, y espero que tengas cómo enterarte de lo que está sucediendo en esta sala, puesta en buena hora bajo la tutela de tu nombre. Aquí, Luis Alberto, todos los días de