ISBN 0124-0854
N º 74 Diciembre de 2001 ha permitido te diga dos palabras, y le debo exactitud. Tenemos orden de matar a todas las criaturas menores de dos años si no hallamos a tu Mesías. ¿ Sabes dónde está?
Al oír esto, la joven hebrea desgarró su velo, presa de la más grande desesperación. Se arrodilló ante el soldado, cogiéndole las manos. ¡ Matar a su Señor! ¡ Entregarle! ¿ Pero era posible oír eso?
– ¡ Pronto! – insistió Arsaces, malhumorado por el cansancio –. Dime dónde vive, o matamos a todos.
Salomé esparció sus cabellos y se dejó caer de bruces sobre la tierra.
Entonces Arsaces se fue. Mientras se alejaba, la bethlehemita vio pasar ante sus ojos todas las tiernas criaturas muertas injustamente, y sintió en su corazón el clamor fraternal de su pobre naturaleza humana,
Se levantó, corriendo tras de Arsaces.
– ¡ No puedo, no puedo! – gimió –. ¡ Que el Señor haga de mí lo que quiera! Jesús vive en la huerta de Samuel y es hijo de María de Nazareth...
No dijo más, porque se desmayó. Arsaces llevó la denuncia a Galba y la decuria se dirigió a casa de Samuel para apoderarse de Jesús. Pero como en la noche anterior, José – advertido por un ángel – había partido a Egipto con su familia, la guardia cumplió la orden de
Herodes, degollando a todas las criaturas menores de dos años de Bethlehem y sus alrededores, como estaba escrito.
El tiempo pasó. La Palestina fue reducida a provincia romana. Hondas perturbaciones agitaron al pueblo de Israel, y Jesús padeció, fue crucificado, muerto y sepultado bajo el poder de Poncio Pilatos.
Pero nunca se olvidó el monstruoso crimen de Salomé. El mismo sacrilegio de Judas fue ligero comparado con el de aquélla. San Pedro, varón humilde, aunque de profunda filosofía, lo dijo así: " Judas no creyó nunca en su Maestro, y por esto, al venderlo, no cometió sino crimen de los hombres. Mas Salomé entregó a su propio Dios que adoraba, esto es, haciendo acto del mayor sacrilegio que puede concebir mente humana."
En los fortuitos encuentros de los apóstoles jamás se nombró a la bethlehemita, para desterrar hasta de los labios su evocación impura. El nuevo mundo se asentó sobre el horror de su nombre, y la dicha de las primeras Navidades fue turbada por la memoria de aquel inaudito sacrilegio. Para mayor afrenta, el recuerdo de otra Salomé se agregó...
Pasaron más años; y como en esta vida todo es
Anónimo. Cortejo de las santas en San Apolinar el Nuevo( Detalle) 550 d. C. Mosaico. Ravena
transitorio, San Pedro murió. Apenas en el dintel del cielo, vio a su Maestro que salía a recibirle con una sonrisa de amistad divina. Después vio al Señor, vio a la Virgen María, a Abraham y a José, y vio también entre los elegidos, con un gran sobresalto de su corazón, a Salomé de Bethlehem, transparente de cándida serenidad.
– ¡ Señor!– murmuró San Pedro, conturbado hasta el fondo de su alma –. ¿ Cómo es posible que Salomé esté aquí?
El Señor sonrió, colocando sobre el hombro del apóstol su mano de luz: – Hay muchos modos de ser bueno, Pedro. Salomé creía en mi Hijo, y esto te dice que era digna de mi reino, porque la pureza, el amor y la fe ocupaban su corazón. Supón ahora qué cantidad de ternura y compasión habría en su alma, cuando prefirió sacrificar a su Dios, antes que ser culpable de la muerte de infinidad de criaturas en el limbo de la