ISBN 0124-0854
N º 55 Abril de 2000 recordar un cuerpo amado. Hablar de la vida, exigirla hace igualmente un reclamo que devino en cliché literario, pero la vida como una actividad compulsiva, sin espacio posible para ese instante en que al mirar hacia atrás surge la ola del recuerdo, para que Nick Adams en el camino del alba sienta en su pecho el alborotado reclamo de sus sueños. Toda imagen crea una exigencia ética que el mediocre apaga para eludir su reclamo, esa exigencia confusa en principio pero que, cuando alcanza la claridad, se transforma en decisión impostergable. La dificultad de dar forma a « El hombre sin atributos » significa en Musil esta larga y dolorosa expectativa para hacer que esa forma sea, como diría Sartre, ya una moral implícita. Aquí lo que llamamos pausa o intervalo no es otra cosa que la comprobación de una ausencia de contenidos desde los cuales en otras épocas cada quien hablaba de proyectos, otros más optimistas de futuro.
A la palabra pensar como a la palabra reflexionar se
les ha dado una connotación jurídica: tienes que pensar, tienes que reflexionar. Pero una y otra suponen no un castigo despiadado que nos separa del mundo, que nos desgarra de nosotros mismos, sino, ante todo, el intento de crear el instante propicio para que el furtivo mundo se haga realidad en nosotros como metáfora. La nada nadea y la cosa cosea:
Heidegger ve la caída de la nieve, siente en esa albura que cubre las cosas, la piedra, la arena de Novalis, la oscura silueta de los árboles, el murmullo sólo audible en el alma de las hondonadas. Esto es la epifanía: soy en esa piedra labrada por la corriente, memoria soy en esos rastros de las arenas doradas, sueño inmemorial en las nubes pasajeras que vienen del Ganges.
Pocos pensadores como Walter Benjamin han llegado a unir de nuevo la palabra con aquello que nombra y más allá de este acto adánico superar esa función para alcanzar las alturas infinitas de las
imágenes únicas, fuentes únicas a su vez de las metáforas o sea de esos momentos que la costumbre ignora, que la desidia moral no logrará ver nunca:“… y donde quiera que un árbol susurra se oye la voz de un lamento. La naturaleza es triste porque es muda. Vive en toda tristeza la más profunda tendencia al silencio, y esto es infinitamente más que incapacidad o mala voluntad para la comunicación. Lo que es triste se siente enteramente conocido por lo incognoscible. Ser nombrado-incluso cuando quien nombra es un bienaventurado y similar a Dios- sigue siendo quizás un presagio de tristeza”.
¿ Es acaso imposibilidad mía como escritor ser incapaz de nombrar mi propia tristeza y remitirla a las imágenes que se transformaron para mi y eternamente en la metáfora de la tristeza? No, porque mi pena cuenta ya con la compañía que le concede siempre la genealogía de esas imágenes: volver a llorar, regresar a los inmensos y claros