ISBN 0124-0854
N º 55 Abril de 2000
Por: Darío Ruiz Gómez
Es ya muy común y corriente leer algo así como « fe en la palabra », « confianza en la palabra escrita » para, en tiempo de crisis, mostrar el optimismo de que la palabra escrita no va nunca a morir. Y a renglón seguido solemos escuchar-entre otros- dos argumentos ya manidos en la academia universitaria: el silencio después de la palabra en Mallarmé y el silencio que se hace en la palabra en Samuel Becket. Yo aclararía, refiriéndome a este último, el silencio dentro del lenguaje porque si Mallarmé introduce el silencio como parte de la palabra para dotar a ésta de lo que es no sólo misterio, enigma, sino indecible; en Becket, a través del absurdo, el lenguaje, cargado ya de suficiente non sense se aboca al muro del silencio de quien ya no sólo desconfía de las palabras sino que guardará para siempre el prejuicio ante el lenguaje y las palabras por considerar que carecen de capacidad para nombrar el mundo.
Nombrar el mundo. No es que las oscuras golondrinas de Bécquer o los cisnes de Rubén sean los causantes de que el lenguaje haya desembocado en lo patético de un sentimentalismo desacreditado, sino que ambas figuras habían comenzado a perder fijeza como imagen y ante los ojos del usuario se desvanecían lenta pero dolorosamente y para siempre, así como desaparecía ese tipo de sentimiento amoroso. La grandeza de Mallarmé es haber agotado en esas imágenes evanescentes para llevarlas hasta el silencio, hasta“ ese no sé que queda balbuceando” de San Juan, y, a partir de ahí lograr la imagen del balbuceo, la presencia de ese gesto indecible, lágrima, sollozo ahogado, que constituye la figura imborrable de una ética amorosa en declive.
Este silencio de lo imborrable, la muda presencia de una huida que deja sin embrago su huella en el umbral polvoriento, constituyen en la narrativa de Henry James la manera de establecer en la retórica asfixiante del relato la pausa que indica un sentimiento extraviado, el silencio creado por la palabra que no fue nunca pronunciada o, en todo caso, la gramática de las emociones en el ojo que llora o brilla, en el labio que tiembla, en los brazos que se ahuecan para
Toda verdadera literatura se sitúa siempre en una frontera que ella misma certifica, por eso el lector es aquel que no ha huido del lenguaje sino que al habitarlo ha podido descubrir las impostergables herencias que lo asedian y responsabilizan ya que, la imaginación no es una fantasía gratuita sino esta serie de valores como la generosidad, la capacidad de renuncia, la responsabilidad ante la muerte, la capacidad de asumirse en el olvido pata adentrarse, por fin, en el corazón de las cosas.