Muchos de los conflictos geopolíticos actuales pueden tener raíces culturales más profundas. Solemos interpretar el mundo a través de categorías políticas: izquierda y derecha, democracia y autoritarismo, naciones rivales y alianzas. Pero tras estas posturas pueden esconderse diferentes formas de relacionarse con la propia historia.
Una orientación cultural mira hacia el futuro. Acepta el cambio, experimenta, aprende e imagina formas de vida que aún no existen. Otra mira hacia el pasado, buscando seguridad en una identidad idealizada que debe protegerse de la transformación.
China ofrece un ejemplo de una sociedad cuya enorme transformación ha sido impulsada no solo por la política gubernamental, sino por una amplia aspiración cultural a superar la pobreza, adquirir conocimientos y tecnología, y crear mejores condiciones para las generaciones futuras.
Bangladesh ofrece otro ejemplo. Su movimiento liderado por jóvenes demostró cómo una generación puede rechazar una realidad política heredada y empezar a imaginar un futuro diferente.
La tendencia opuesta puede observarse en los debates sobre la inteligencia artificial en Occidente. Las preocupaciones legítimas sobre la ecología, el empleo, la vigilancia y la rendición de cuentas van acompañadas, cada vez más, de una desconfianza más profunda hacia la propia transformación.
Quizás, por lo tanto, la elección fundamental de la humanidad no sea entre bloques políticos, sino entre dos direcciones: el valor para crear un futuro que aún no existe, o el miedo que nos empuja a defender un pasado inventado.
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