En Latinoamérica la primera batalla fue política, la independencia de la corona española y portuguesa. Detrás de eso el Reino Unido y su afán de expandir sus dominios en el mundo. Para eso impulsó conflictos intestinos a lo largo y ancho del continente que terminaron dividiéndolo políticamente. El sueño de liberación de la Patria Grande de San Martin y Bolívar quedaba relegado en países desiguales fáciles de corromper. “Los hermanos sean unidos, esa es la ley primera; porque de lo contrario, se los comen los de afuera,” decía el gaucho payador Martin Fierro.
La segunda batalla es económica. Detrás de eso el Reino Unido y los EE. UU. El primero construyó ferrocarriles para trasladar las riquezas autóctonas a los grandes puertos. Con el crecimiento industrial del segundo, la doctrina Monroe que relegaba a los países latinoamericanos a ser el patio trasero del nuevo imperio norteamericano. Siempre detrás de ellos la banca inglesa y norteamericana promoviendo (comprando) gobiernos afines a sus intereses y no a los de sus pueblos.
La tercera batalla es cultural y comenzó desde la colonización de Latinoamérica con el despojo de los pueblos originarios y el ocultamiento de sus grandes culturas y sociedades que no conformaban con la cultura europea. Hoy esta colonización cultural está aún más agudizada por el adormecimiento al que el mundo está sometido y adormecido por las redes sociales y la cada vez mayor dependencia a creer que la meta de vivir se mide en dólares. De esclavitud política, hemos pasado a la esclavitud económica y cultural.
México.