que sólo hacía dos meses que estaba en Holcomb, lo sabía. Otra cosa que también sabía era
que ni Clutter ni Kenyon podían ver un burro sin las gafas. Y las gafas del señor Clutter
estaban allí en su escritorio. De modo que imaginé que, dondequiera estuviesen, no sería por
propia voluntad. Miramos por todas partes y todo parecía tal como debía estar: ningún signo
de lucha, nada fuera de su sitio. Excepto en el despacho, donde el teléfono estaba descolgado
y los hilos cortados como en la cocina. El sheriff Robinson encontró unas escopetas en un
armario y las olfateó para ver si se habían usado recientemente. Dijo que no, y en mi vida he
visto individuo más desconcertado cuando añadió:
»-¿Dónde diablos puede estar Herb?
Entonces fue cuando oímos pasos. Alguien que subía la escalera del sótano.
»-¿Quién va? -preguntó el sheriff como dispuesto a disparar.
»Y una voz contestó:
» - Soy yo, Wendle.
»Resultó ser Wendle Meier, el vice-sheriff. Al parecer había llegado a la casa y, al no
vernos, se fue a recorrer el sótano. El sheriff le dijo con una voz que daba pena:
»-Wendle, no sé qué pensar. Hay dos cadáveres ahí arriba.
»-Bueno -contestó Wendle-. Pues allá abajo tienes otro.
»Así que lo seguimos abajo, al sótano, que se hubiera podido llamar cuarto de estar. No
estaba a oscuras, había unas ventanas que dejaban entrar la luz a raudales. Kenyon estaba en
un rincón, echado sobre un diván. Le habían cerrado la boca con cinta adhesiva y estaba atado
de pies y manos, como su madre: con aquel mismo complicado sistema de pasar la cuerda de
las manos a los pies para terminar atado a un brazo del diván. En cierto modo es a él a quien
recuerdo con mayor horror, a Kenyon. Quizá porque era el más reconocible, el que más se
parecía a como era siempre, a pesar de que le hubieran disparado en la cara, de frente.
Llevaba una camiseta y tejanos, iba descalzo, como si se hubiera vestido a toda prisa
poniéndose lo primero que le viniera a mano. Tenía la cabeza apoyada en un par de
almohadas colocadas allí como para facilitar el blanco.
»El sheriff dijo al cabo de un momento:
»-¿Adonde se va por allí? -indicando otra puerta del sótano.
»Entró primero el sheriff pero no veíamos nada hasta que Ewalt dio con el interruptor
de la luz. Era el cuarto de la caldera, hacía mucho calor. Por aquí, la gente se limita a instalar
una caldera de gas y a extraer todo el gas que quiere directamente del subsuelo. No cuesta
nada, por eso todas las casas tienen demasiada calefacción. Bueno, yo di una ojeada al señor
Clutter y me fue difícil mirarle por segunda vez. En seguida comprendí que simples disparos
no podían justificar toda aquella sangre. Y no me equivocaba. Habían disparado contra él,
desde luego, lo mismo que contra Kenyon, apuntándole el arma a la cara. Pero probablemente
estaba ya muerto. O por lo menos agonizando. Porque tenía, además, la garganta abierta de un
tajo. Llevaba puesto un pijama a rayas y nada más. En la boca tenía cinta adhesiva que le daba
una vuelta completa a la cabeza. Tenía los tobillos atados uno contra otro pero no las manos,
o quizás había podido, Dios sabe cómo, por la rabia y el dolor, cortar la cuerda que le ataba
las manos. Estaba tumbado frente a la caldera. Sobre una enorme caja de cartón que parecía
puesta allí adrede. Una caja de colchón. El sheriff dijo:
»-Mira eso, Wendle.
»Lo que señalaba era una pisada sanguinolenta. Sobre la caja del colchón. La pisada de
una media suela de zapato con dos círculos: dos agujeros en el centro, como un par de ojos.
Entonces uno de nosotros, ¿Ewalt?, no recuerdo, señaló otra cosa, algo que no me puedo
quitar del pensamiento. Encima de nuestras cabezas, había un tubo de calefacción y atada a él,
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