A SANGRE FRIA | Página 42

fuesen ricos ni que vivieran en una casa tan grande, con árboles, aquel césped y todo tan en orden y cuidado. Al llegar allí, después de haber oído lo que Ewalt le contó, el sheriff se puso en contacto por radio con su despacho y pidió que le mandaran refuerzos y una ambulancia. Dijo: »-Ha ocurrido algún accidente. »Luego entramos en la casa, los tres. Atravesamos la cocina y vimos un bolso de mujer en el suelo y el teléfono con los hilos cortados. El sheriff llevaba una pistola al cinto y cuando empezamos a subir la escalera para ir a la habitación de Nancy, me di cuenta que la llevaba en la mano. »Bueno, era una cosa horrenda. Aquella maravillosa jovencita... Me hubiera sido imposible reconocerla. Le habían disparado en la nuca, con el arma a pocos centímetros. Yacía sobre un costado, cara a la pared y la pared estaba cubierta de sangre. La ropa de la cama la cubría hasta los hombros. El sheriff Robinson la destapó y vimos que llevaba puesto un albornoz, el pijama, calcetines y zapatillas, como si en el momento del hecho, no se hubiese acostado aún. Tenía las manos atadas a la espalda y los tobillos atados con una cuerda de las que se usan en las persianas venecianas. El sheriff preguntó: »-¿Es ésta Nancy Clutter? »El nunca la había visto antes. Y yo contesté: »-Sí. Sí. Es Nancy. »Salimos otra vez al corredor y miramos en derredor. Todas las demás puertas estaban cerradas. Abrimos una, era un baño. Había algo raro allí. Decidí que sería la silla, una silla del comedor que parecía muy fuera de lugar en un baño. La puerta contigua..., estuvimos todos de acuerdo en que debía de ser la habitación de Kenyon. Estaba llena de cosas propias de muchacho. Reconocí las gafas de Kenyon en un estante para libros que había junto a la cama. Pero la cama estaba vacía aunque parecía que alguien hubiera dormido en ella. Así que fuimos hasta el final del corredor y al abrir la última puerta encontramos, allí en su lecho, a la señora Clutter. La habían atado, también. Pero de otra manera, con las manos por delante, de modo que parecía estar rezando y en una mano tenía, agarraba, un pañuelo. ¿O era un kleenex? La cuerda que le rodeaba las muñecas le bajaba hasta los tobillos que tenía atados uno contra otro y de allí iba al pie de la cama, en una de cuyas patas había sido atada; un trabajo complicado y hábil. ¡Pensar el tiempo que habría requerido! Y mientras tanto la mujer allí, loca de terror... Bueno, pues llevaba puestas algunas joyas, dos anillos (y ésa es una de las razones por las que yo siempre descarté el robo como motivo), una bata, camisón blanco y calcetines blancos. Le habían tapado la boca con cinta adhesiva pero como le dispararon a quemarropa a un lado de la cabeza, la explosión, el impacto, había desprendido violentamente la cinta adhesiva. Tenía los ojos abiertos. De par en p ar. Como si todavía estuviera mirando al asesino. Porque no pudo dejar de verlo mientras apuntaba. Nadie dijo nada. Estábamos demasiado aturdidos. Recuerdo que el sheriff buscó por allí para ver si podía dar con el cartucho vacío. Pero quienquiera que hubiese sido, parecía demasiado listo y precavido para dejar tras de sí semejante pista. »Como es natural, nos preguntábamos dónde estarían el señor Clutter y Kenyon. El sheriff dijo: »-Miremos abajo. »La primera habitación en que entramos fue el dormitorio principal, la habitación donde dormía el señor Clutter. La cama estaba abierta, y allí, a los pies de la cama, había un billetero con un montón de tarjetas esparcidas, como si alguien hubiera andado en ellas buscando algo en particular, una nota, un pagaré, ¿quién sabe? El hecho de que no hubiera dinero en él, no significaba nada. Era el billetero del señor Clutter y él nunca llevaba dinero encima. Hasta yo, 42