planearlo todo se convertían en humo y sólo podían dar media vuelta y marcharse. Pero tal
cosa no debía ocurrir; Dick volvió a entrar en la gasolinera.
La puerta del excusado seguía cerrada. La golpeó con el puño.
-¡Perry, por el amor de Dios!
-Un minuto.
-¿Qué te pasa? ¿Te encuentras mal?
Perry se agarró al borde del lavabo y se puso en pie haciendo fuerza con los brazos. Las
piernas le temblaban, el dolor de las rodillas lo hacía sudar. Se limpió la cara con una toalla de
papel. Abrió la puerta y dijo:
-Ya está. Vamos.
El dormitorio de Nancy era la habitación más pequeña y personal de la casa, femenina y
tan frívola como un tutú de bailarina. Las paredes, el techo, todo menos una cómoda y una
escribanía, era de color rosa, azul o blanco. El lecho, blanco y rosa, cubierto de cojines azules,
estaba presidido por un oso de peluche rosa y blanco, ganado por Bobby en el tiro al blanco
en una feria del lugar. Un tablón de anuncios, de corcho, pintado en rosa, colgaba sobre el
tocador de faldones blancos y en él había clavadas unas gardenias secas, que en su día llevó
como adorno del vestido, tarjetas de San Valentín, recetas recortadas del periódico,
instantáneas de su sobrinito, de Susan Kidwell y de Bobby Rupp. Bobby Rupp en una docena
de poses: balanceando un bate de béisbol, regateando con una pelota de baloncesto,
conduciendo un tractor, chapoteando en el agua en bañador a la orilla del lago McKinney (tan
adentro como se atrevía, porque nunca supo nadar). Y había también fotografías de Nancy y
Bobby juntos. De todas, su preferida era una en que aparecían sentados junto a los restos de
una merienda campestre, a la luz que se filtraba por entre el follaje y mirándose con una
expresión tal, que, a pesar de no sonreír, traslucía alegría y contento simplemente por el hecho
de estar juntos. Otras fotografías, de caballos, de gatos ya muertos pero no olvidados, como el
pobre Boobs que no hacía mucho que había muerto y de modo misterioso (ella sospechaba
que envenenado), se amontonaban en su escritorio.
Nancy, según confesó una vez a su amiga y profesora de economía doméstica, la señora
Polly Stringer, era invariablemente la última de la familia en acostarse, y consideraba las doce
de la noche su momento de «egocentrismo y vanidad». Era el momento de entregarse al
rutinario tratamiento de belleza, al rito de limpiarse el cutis y aplicarle una crema, rito que los
sábados, incluía también un lavado de cabeza. Aquella noche, después de secarse el pelo, lo
cepilló, lo recogió con un finísimo pañuelo y sacó del armario la indumentaria que pensaba
ponerse el día siguiente para ir a la iglesia: medias, mocasines negros y un vestido de
terciopelo rojo, el más bonito que tenía, confeccionado por ella misma, vestido que habría de
servirle de mortaja.
Antes de rezar sus oraciones, siempre registraba en su diario algún acontecimiento del
día («Ha llegado el verano. Para siempre, espero. Ha venido Sue y hemos montado en Babe
hasta el río. Sue ha tocado la flauta. Luciérnagas») y algún arranque repentino («Lo amo, de
verdad que lo amo»). Era un diario para cinco años. En sus cuatro años de existencia, jamás
había descuidado la anotación diaria, aunque el esplendor de algunos acontecimientos (la
boda de Eveanna, el nacimiento de su sobrino) o el dramatismo de otros (su «primera pelea
verdadera con Bobby», una página literalmente bañada en lágrimas), le habían obligado a
usurpar el espacio destinado en principio al futuro. El distinto color de la tinta identificaba los
sucesivos años: en 1956 era verde, en 1957 rojo, reemplazado al año siguiente por un brillante
color lavanda, y ahora, en 1959, se había decidido por un más digno azul. Pero como en
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