-¿Te encuentras bien?
-Muy bien.
-No tardes toda la noche.
Dick echó una moneda en una automática, tiró de la palanca y cogió una bolsita de jelly
beans 1 . Masticando volvió al coche y observó los esfuerzos del mozo de la gasolinera para
librar el parabrisas del polvo de Kansas y de restos de insectos aplastados. El mozo, que se
llamaba James Spor, se sentía nervioso. Los ojos de Dick y su hosca expresión junto con la
extraña y prolongada estancia de Perry en el lavabo, le inquietaban. (Al día siguiente le
contaría a su jefe: «Anoche tuvimos un par de clientes bastante groseros.» Pero ni entonces ni
durante mucho tiempo, relacionaría aquellos visitantes con la tragedia de Holcomb.)
Dick dijo:
-Esto está un poco muerto.
-¡Ah, sí! -contestó James Spor-. Son ustedes los primeros que paran aquí desde hace un
par de horas. ¿De dónde vienen?
-Kansas City.
-¿A cazar por aquí?
-Sólo de paso. Vamos a Arizona. Tenemos allí trabajo que nos aguarda. En la
construcción. ¿Tiene idea de cuántos kilómetros hay hasta Tucumcari, en Nuevo México?
-No sabría decirle. Son tres dólares seis. -Tomó el dinero de Dick, le dio el cambio y
añadió-: Perdóneme, pero estoy trabajando, cambiando el parachoques de un camión.
Dick se quedó esperando. Comió algunas pastillas, aceleró el motor. Hizo sonar el
claxon. ¿Sería posible que se hubiera equivocado al juzgar el carácter de Perry? ¿Tendría,
como tantos otros en su lugar, un súbito ataque de pánico? Hacía un año, cuando se
conocieron, había considerado a Perry «todo un tío» aunque quizás un poco «engreído»,
«sentimental» y demasiado «soñador». Le fue simpático pero no creyó que valiera la pena
cultivarlo, hasta el día en que Perry le habló de un asesinato que había cometido, describiendo
con qué facilidad por «puro gusto» había matado a un hombre de color en Las Vegas,
golpeándolo con una cadena de bicicleta. Aquella anécdota había elevado la opinión que a
Dick le merecía el pequeño Perry. Empezó a frecuentar su compañía y, como Willie-Jay, pero
por muy distintas razones, decidió gradualmente que Perry poseía condiciones muy poco
corrientes y valiosas. Por Lansing circulaban varios asesinos u hombres que se jactaban de
haber cometido asesinatos o de sus ganas de cometerlos; pero Dick llegó al convencimiento
de que Perry era ese ejemplar único, el «asesino nato», absolutamente cuerdo pero sin
conciencia y capaz de llevar a cabo, con o sin motivo, los mayores crímenes con la máxima
sangre fría. Y la teoría de Dick era que tal don podía, bajo su supervisión, ser
provechosamente explotado. Una vez llegado a semejante conclusión, empezó a ganarse a
Perry halagándolo, fingiendo, por ejemplo, que creía en todo aquello del tesoro enterrado, y
compartía sus anhelos de vagabundear por playas y puertos. Nada de eso atraía a Dick que
deseaba «una vida normal», con un buen negocio propio, una casa, coche a la puerta, un
caballo que montar y «montones de chicas rubias». Sin embargo, era muy importante que
Perry no lo sospechara, por lo menos no hasta que Perry, con su maravilloso don, hubiera
colaborado con las ambiciones de Dick. Pero quizás era Dick quien se había equivocado en
sus cálculos, quizás era él el engañado; si era así, si al fin y al cabo resultaba que Perry no era
más que un «vulgar malhechor», entonces «la fiesta» había acabado, los meses empleados en
1
Pastillas dulces y blandas. (N. del T.)
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