como flores. Verdaderamente considerados, no de los que te quieren sólo por los cuartos.
¡Qué mujeres! No has conocido a una mujer de veras...
-¡Ya lo creo que sí! -cortó Dick, que declaraba estar todavía enamorado de su primera
esposa, de cabello color miel, a pesar de que ella se hubiera vuelto a casar.
-Y hay además aquellos baños. Hay uno que se llama «La piscina del Sueño»: te tiendes
en el agua y vienen unas chicas que están buenísimas y te frotan de pies a cabeza.
-Ya me lo has contado.
El tono de Dick era seco.
-¿Ah, sí? ¿Es que no puedo repetirlo?
-Luego. Ya charlaremos luego. Puñeta, tengo un montón de cosas en la cabeza.
Dick encendió la radio. Perry la apagó. Ignorando las protestas de Dick, arañó su
guitarra.
Me vine solo al jardín
cuando el rocío se posaba aún en las rosas
y la voz que escuché en mi oído
revelaba al Hijo de Dios...
En el borde del cielo, se dibujaba la luna llena.
El lunes siguiente durante su declaración y antes de someterse a una prueba con detector
de mentiras, el joven Bobby Rupp describió su última visita a casa de los Clutter:
-Había luna llena y pensé que quizá, si Nancy quería, podíamos dar una vuelta en coche,
llegarnos hasta el lago McKinney. O ir al cine a Garden City. Pero cuando la llamé por
teléfono, serían eso de las siete menos diez, me dijo que tenía que pedirle permiso a su padre.
Luego volvió diciendo que su padre había dicho que no, porque la noche anterior había
llegado muy tarde. Pero me propuso que fuera a ver la televisión con ellos. He pasado muchos
ratos en casa de los Clutter viendo la televisión. ¿Saben? Nancy es la única chica con que yo
he salido. La conozco de toda la vida: fuimos juntos a la escuela desde el primer grado.
Siempre, que yo recuerde, ha sido muy mona y popular, una gran persona aun cuando era una
niña pequeña. Quiero decir que nos daba a todos una sensación de contento interior: cuando
estabas con ella te sentías una gran persona. La primera vez que salimos juntos fue el año
antes de empezar bachillerato. Casi todos los chicos de la clase la querían llevar al baile de fin
de curso y me quedé muy sorprendido, y a la vez lleno de orgullo, cuando me dijo que iría
conmigo. Los dos teníamos entonces doce años. Mi padre me dejó el coche y la llevé al baile.
Cuanto mejor la conocía, más me gustaba y lo mismo toda su familia... no hay una familia
igual, al menos por aquí, que yo sepa. El señor Clutter puede que fuera un poco estricto en
algunas cosas, en la religión y así, pero nunca trataba de dar la sensación de que era él quien
tenía razón y los demás quienes estaban equivocados.
»Nosotros vivimos a cinco kilómetros al oeste de la finca de los Clutter. Yo siempre iba
y venía a pie, pero como he trabajado todos los veranos, el año pasado pude comprarme un
coche, un Ford del 55. Así que fui en coche y llegué allí un poco después de las siete. No vi a
nadie en la carretera ni tampoco en el camino que lleva a la casa, ni siquiera un alma por allá
afuera. Sólo a Teddy que me ladró. En la planta baja estaban las luces encendidas, en la sala
de estar y en el despacho del señor Clutter. El piso de arriba estaba oscuro y supuse que la
señora Clutter, si estaba en casa, estaría durmiendo. No se sabía nunca si estaba o no y yo
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