A SANGRE FRIA | Page 33

Eran las seis y diez y el agente no pensaba más que en irse cuanto antes: su mujer le estaría esperando para cenar. -Ha sido un placer, Herb. -Lo mismo digo, amigo. Se dieron la mano. Luego, con una merecida sensación de victoria, Johnson tomó el cheque de Clutter y se lo metió en el billetero. Era el primer pago de una póliza de cuarenta mil dólares que en caso de muerte accidental daba derecho a doble indemnización. Y El viene conmigo, y El habla conmigo, y El es quien me dice que suyo soy yo. Compartimos un goce como nadie nunca jamás conoció... Con ayuda de la guitarra, Perry, cantando, se había puesto de mejor humor. Se sabía de memoria unos doscientos himnos y baladas. Su repertorio iba desde The Old Rugged Cross 1 hasta Cole Porter y, además de la guitarra, sabía tocar la armónica, el acordeón, el banjo y el xilófono. En una de sus fantasías teatrales preferidas, se presentaba en las tablas con el nombre de Perry O'Parsons, estrella cuyo cartel anunciaba: «El Hombre Orquesta”. -¿Qué tal un cóctel? -preguntó Dick. A Perry le daba lo mismo cualquier cosa porque no era bebedor. En cambio, Dick se las daba de sibarita y pedía siempre un Orange Blossom. Del portaguantes del coche Perry sacó una botella que contenía vodka con zumo de naranja. La botella pasó de uno a otro. Aunque la noche había caído ya, Dick conducía a cien por hora con los faros apagados; claro que la carretera era recta, el campo liso como un lago y raramente se cruzaban con otros coches. Aquello estaba «por allá» o estaba muy cerca. -¡Cristo! -exclamó Perry contemplando el panorama llano e inmenso bajo el verde frío y prolongado del cielo, vacío y solitario a no ser por las trémulas luces de alguna finca lejana. Odiaba aquel paisaje como odiaba las llanuras de Texas, el desierto de Nevada. Los espacios horizontales escasamente poblados lo deprimían y le producían una sensación de agorafobia. Los puertos de mar eran su delicia: atiborrados de gentes, bulliciosos, con barcos anclados y olor a cloaca, como Yokohama, donde, como soldado raso del ejército americano, había pasado un verano durante la guerra de Corea. -¡Cristo! ¡Y me dijeron que no me acercara por Kansas! ¡Que no pusiera aquí mis lindos pies! Como si me cerrasen las puertas del paraíso. Mira, pues. Regocija tus ojos. Dick le pasó la botella, su contenido reducido ya a la mitad. -Dejémoslo para después -propuso-. Puede que nos haga falta. -¿Te acuerdas, Dick? ¿De todo aquello de conseguir un barco? Estaba pensando... que podríamos comprar un barco en México. Uno que fuera barato pero resistente. Y podríamos ir al Japón. Cruzar el Pacífico. Otros lo han hecho..., miles de personas lo han hecho. No es cuento, Dick..., te pirrarías por el Japón. Gente maravillosa, cortés, con modales delicados 1 La antigua y pesada Cruz. (N. del T.) 33