Eran las seis y diez y el agente no pensaba más que en irse cuanto antes: su mujer le
estaría esperando para cenar.
-Ha sido un placer, Herb.
-Lo mismo digo, amigo.
Se dieron la mano. Luego, con una merecida sensación de victoria, Johnson tomó el cheque
de Clutter y se lo metió en el billetero. Era el primer pago de una póliza de cuarenta mil
dólares que en caso de muerte accidental daba derecho a doble indemnización.
Y El viene conmigo, y El habla conmigo,
y El es quien me dice que suyo soy yo.
Compartimos un goce
como nadie nunca jamás conoció...
Con ayuda de la guitarra, Perry, cantando, se había puesto de mejor humor. Se sabía de
memoria unos doscientos himnos y baladas. Su repertorio iba desde The Old Rugged Cross 1
hasta Cole Porter y, además de la guitarra, sabía tocar la armónica, el acordeón, el banjo y el
xilófono. En una de sus fantasías teatrales preferidas, se presentaba en las tablas con el
nombre de Perry O'Parsons, estrella cuyo cartel anunciaba: «El Hombre Orquesta”.
-¿Qué tal un cóctel? -preguntó Dick.
A Perry le daba lo mismo cualquier cosa porque no era bebedor. En cambio, Dick se las
daba de sibarita y pedía siempre un Orange Blossom. Del portaguantes del coche Perry sacó
una botella que contenía vodka con zumo de naranja. La botella pasó de uno a otro. Aunque la
noche había caído ya, Dick conducía a cien por hora con los faros apagados; claro que la
carretera era recta, el campo liso como un lago y raramente se cruzaban con otros coches.
Aquello estaba «por allá» o estaba muy cerca.
-¡Cristo! -exclamó Perry contemplando el panorama llano e inmenso bajo el verde frío y
prolongado del cielo, vacío y solitario a no ser por las trémulas luces de alguna finca lejana.
Odiaba aquel paisaje como odiaba las llanuras de Texas, el desierto de Nevada. Los
espacios horizontales escasamente poblados lo deprimían y le producían una sensación de
agorafobia. Los puertos de mar eran su delicia: atiborrados de gentes, bulliciosos, con barcos
anclados y olor a cloaca, como Yokohama, donde, como soldado raso del ejército americano,
había pasado un verano durante la guerra de Corea.
-¡Cristo! ¡Y me dijeron que no me acercara por Kansas! ¡Que no pusiera aquí mis lindos
pies! Como si me cerrasen las puertas del paraíso. Mira, pues. Regocija tus ojos.
Dick le pasó la botella, su contenido reducido ya a la mitad.
-Dejémoslo para después -propuso-. Puede que nos haga falta.
-¿Te acuerdas, Dick? ¿De todo aquello de conseguir un barco? Estaba pensando... que
podríamos comprar un barco en México. Uno que fuera barato pero resistente. Y podríamos ir
al Japón. Cruzar el Pacífico. Otros lo han hecho..., miles de personas lo han hecho. No es
cuento, Dick..., te pirrarías por el Japón. Gente maravillosa, cortés, con modales delicados
1
La antigua y pesada Cruz. (N. del T.)
33