Hasta aquel momento, Perry no había imaginado que volvería a ver a Dick. Ni a Willie-
Jay. Pero los había tenido presentes en su pensamiento, especialmente al segundo, que en su
recuerdo se había transformado en un enorme sabio de cabellos grises, que daba vueltas por
su cabeza obsesionándolo. «Persigues lo negativo -le había informado Willie-Jay en el curso
de uno de sus sermones-. Nada te importa, quieres existir sin responsabilidades, sin fe, sin
amigos, sin calor.”
En el curso solitario, desolador, de sus recientes idas y venidas, Perry había considerado
una y otra vez aquella acusación y decidido que era injusta. Si que le importaba..., pero ¿a
quién le importaba él? ¿A su padre? Sí, hasta cierto punto. Un par de chicas, pero aquello era
«una historia larga de contar». A nadie, excepto Willie-Jay. Y sólo Willie-Jay había
reconocido que valía, que tenía