que un individuo tan dotado se hallara en Lansing? Era esto lo que desconcertaba a Perry. La
respuesta, que conocía pero no aceptaba porque era «una evasión de lo ignoto, problema
humano», era clara para cualquier mente menos complicada: el secretario del capellán, que
tenía entonces treinta y ocho años, era un ladrón, un ratero de poca monta que, en un período
de veinte años, había cumplido sentencia en cinco estados distintos). Perry decidió hablar: lo
sentía, pero todo aquello de cielo, infierno, santos, misericordia divina, no iba con él y si la
amistad de Willie-Jay se basaba en la perspectiva de verlo un día a los pies de la Cruz junto a
él, le decepcionaba profundamente y su amistad era falsa, una falsificación como el retrato de
Jesús.
Como siempre, Willie-Jay supo comprender. Descorazonado pero no sin esperanzas,
siguió cortejando el alma de Perry hasta el día que le concedieron libertad bajo palabra y se
marchó del penal; la víspera escribió a Perry una carta de adiós que terminaba con el siguiente
párrafo: «Eres un hombre muy apasionado, un hombre hambriento que no sabe dónde saciar
su apetito, un hombre profundamente frustrado que lucha por proyectar su individualidad
contra un fondo de rígido conformismo. Existes en un mundo pendiente entre dos
superestructuras, una de autoexpresión y la otra de autodestrucción. Eres fuerte pero en tu
fuerza hay una grieta y a menos que aprendas a controlarla, esa grieta demostrará ser más
poderosa que tu fuerza y te vencerá. ¿La grieta? Explosión de la reacción emocional
totalmente desproporcionada a los hechos. ¿Por qué? ¿Por qué esa irrazonable ira cuando ves
a otros contentos, felices y satisfechos? ¿Por qué ese creciente desprecio por la gente y esas
ganas de herirla? Muy bien: crees que son necios y los desprecias porque su moral, su
felicidad son el origen de tu frustración, y tu resentimiento. Pero esas ideas son terribles
enemigos que llevas dentro de ti... y a la larga serán mortíferos; como las bacterias que
resisten al tiempo, no matan al individuo sino que dejan en su modo de ser el estigma de una
criatura desgarrada y retorcida; dejan fuego en su interior avivado por astillas de desprecio y
odio. Podrá prosperar pero no dará fruto porque él es su propio enemigo y le estará vedado
gozar intensamente de sus triunfos.”
Perry, complacido de verse objeto de tan largo sermón, se lo había dado a leer a Dick y
éste, que veía con malos ojos a Willie-Jay, había calificado aquella carta de «montón de
estupideces a lo Billy Graham 1 », añadiendo: «Astillas de desprecio. Astilla será él.»
Naturalmente, Perry ya esperaba una reacción por el estilo y secretamente la deseaba porque
su amistad con Dick, al que apenas había tratado hasta los últimos meses pasados en Lansing,
era consecuencia y contrapeso de su intensa admiración por el secretario del capellán. Quizá
Dick fuera superficial o incluso, como decía Willie-Jay, «un fanfarrón perverso», pero lo
cierto es que también era divertido, astuto, realista, «iba directo al grano» y no tenía humo en
la cabeza ni un pelo de tonto. Además, a diferencia de Willie-Jay, no criticaba las exóticas
aspiraciones de Perry: estaba dispuesto a escucharle, se entusiasmaba, compartía aquellas
visiones de «tesoro garantizado» hundidos en mares mexicanos o en junglas brasileñas.
Habían transcurrido cuatro meses desde que Perry obtuvo la libertad bajo palabra,
meses de vagabundear en un Ford de quinta mano por el que pagó cien dólares, pasando de
Reno a Las Vegas, de Bellingham en Washington a Buhl en Idaho. Y allí, en Buhl, donde
había encontrado trabajo temporal como conductor de camión, le llegó la carta de Dick:
«Amigo P., salí en agosto y cuando tú te fuiste me encontré con alguien que tú no
conoces pero que me dio una idea que podemos aprovechar maravillosamente. Un golpe
garantizado. Perfecto...”
1
Billy Graham, predicador baptista. (N. del T.)
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