Pero Dick tenía su decisión tomada: las medias, del tono que fueran, eran innecesarias,
un estorbo, un gasto inútil. («He invertido ya bastante dinero en esta operación.») Además,
ninguno de aquellos con quienes pudieran tropezarse, viviría para servir de testigo:
-Nada de testigos -le recordó a Perry por lo que le pareció la milésima vez.
El modo como Dick pronunciaba aquellas palabras, como si solucionaran todos los
problemas, le encendía la sangre: era estúpido no querer admitir que podría haber un testigo
que ellos no vieran.
-Las cosas no salen siempre como uno quiere, a veces salen al revés -arguyó.
Pero Dick, con su jactanciosa sonrisa de muchacho travieso, no estaba de acuerdo.
-No te asustes, hombre. Que no hay nada que pueda salir mal.
No. Porque el plan era de Dick, calculado a la perfección desde la primera pisada hasta
el silencio final.
A continuación pasaron a interesarse por cuerdas. Perry examinó, probándolas, las que
tenían. Como había trabajado en la Marina Mercante, entendía de cuerdas y sabía hacer
buenos nudos. Escogió una cuerda blanca de nylon, tan fuerte como el alambre y no mucho
más gruesa. Discutieron sobre cuántos metros necesitarían. La cuestión irritó a Dick porque
ponía de manifiesto que a pesar de la declarada perfección de todo aquel proyecto suyo, había
algo incierto, ya que no podía dar una cifra exacta. Finalmente exclamó:
-Cristo, ¿cómo diablos quieres que lo sepa?
-Mejor que lo sepas, puñeta.
Dick hizo un esfuerzo.
-E stá él. Ella. El chico y la chica. Y puede que las otras dos. Pero es sábado. Quizás
haya invitados. Contemos que sean ocho incluso doce. Lo único seguro es que tendrán que
desaparecer todos.
-Me parecen muchos. Para que estés tan seguro.
-¿Y no fue eso lo que te prometí, rico? ¿Que los reventaríamos contra las paredes?
Perry se encogió de hombros.
-Entonces mejor será que compremos un rollo entero.
Eran noventa metros. Más que suficiente para doce.
Kenyon había hecho aquella cómoda él mismo: una cómoda de caoba forrada de cedro
que pensaba darle a Beverly como regalo de boda. Ahora, allí, en lo que llamaban la leonera
del sótano, le daba la última mano de barniz. La leonera, una dependencia con suelo de
cemento que se extendía a toda la anchura de la casa, estaba amueblada casi exclusivamente
con muestras de su trabajo de carpintería (estanterías, mesas, taburetes, una mesa de ping-
pong) y con las labores de Nancy (fundas de zaraza que rejuvenecían un decrépito diván,
cojines que llevaban las inscripciones: «¿Feliz?» y «No es preciso estar loco para vivir aquí,
pero facilita las cosas»). Nancy y Kenyon, juntos, mediante grandes dosis de pintura, habían
llevado a cabo un intento de librar de su inconmovible lobreguez aquel recinto y ninguno de
los dos había notado el fracaso. De modo que ambos consideraban su leonera como un triunfo
y una bendición: Nancy porque en aquel lugar podía recibir a «la pandilla» sin molestar a su
madre y Kenyon porque allí podía estar solo, martillear, serrar y ocuparse de sus «inventos»,
el último de los cuales consistía en una sartén eléctrica, honda como un puchero. Junto a la
leonera, estaba la habitación de la caldera en la que había una mesa llena de herramientas y
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