que todavía no habían plantado: cestas de espárragos, lechugas. Además, Nancy llevaba
muchas veces a Babe para que los chiquillos cabalgaran.
-¿Sabe usted? En muchos aspectos, éste es el mejor lugar en que hemos vivido. Hideo
dice lo mismo. Nos duele muchísimo tener que marcharnos. Empezar de nuevo.
-¿Se marchan? -protestó el señor Clutter, reduciendo la marcha.
-Sí, Herb. Esta finca, la gente para la que trabajamos... Hideo cree que podríamos
encontrar algo mejor. Quizás en Nebraska. Pero todavía no hemos decidido nada. Sólo
estamos hablándolo.
Su voz cordial, siempre dispuesta a la risa, hizo que la melancólica noticia pareciese
casi alegre; sin embargo, la mujer, viendo que había entristecido al señor Clutter, cambió de
conversación.
-Herb, déme una opinión masculina -dijo-. Los niños y yo hemos venido ahorrando y
queremos hacerle a Hideo un buen regalo para Navidad. Lo que más falta le hace son los
dientes. Dígame, Herb, si su mujer le regalara tres dientes de oro, ¿le parecería mal? Quiero
decir, ¿está mal hacerle pasar a un hombre la Navidad sentado en la silla de un dentista?
-No hay dos como usted. No intenten siquiera marcharse de aquí: les ataremos de pies y
manos -contestó el señor Clutter-. Sí, sí; no lo duden; dientes de oro. Si fuera yo, me
encantaría.
Su reacción hizo feliz a la señora Ashida, que sabía que no hubiese aprobado la idea si
no la hubiera creído buena. Era todo un caballero. Nunca le había visto «dárselas de gran
señor», ni aprovecharse de una circunstancia, ni dejar de cumplir una promesa. Intentó
arrancarle una.
-Óigame, Herb. En el banquete... nada de discursos, ¿eh? No me gustan. Usted, usted es
distinto. Usted puede levantarse y ponerse a hablar a centenares de personas. A miles. Le es
tan fácil... convencerles de cualquier cosa. Nada le asusta -murmuró comentando una cualidad
del señor Clutter que nadie ponía en duda. Aquella impávida seguridad en sí mismo que si por
un lado suscitaba respeto, por otro ponía trabas al afecto que otros pudieran sentir por él-. No
puedo imaginarlo asustado. Suceda lo que suceda, usted siempre saldrá bien librado.
A media tarde el Chevrolet negro había llegado a Emporia, un pueblo de Kansas, grande
casi como una ciudad y lugar seguro, o así lo habían decidido los ocupantes del coche, para
efectuar algunas compras. Aparcaron el coche en una calle lateral y luego anduvieron hasta
dar con unos almacenes convenientemente atestados de gente.
La primera adquisición fue un par de guantes de goma; eran para Perry que había
olvidado los suyos. Pero Dick no.
Luego se acercaron a un mostrador donde se exhibían medias de señora. Tras un corto
titubeo, Perry dijo-Creo que servirán.
Dick no estaba de acuerdo.
-¿Y mi ojo, qué? Son todas demasiado claras para que no se vea mi ojo.
-Señorita -llamó Perry para atraer la atención de la dependienta-. ¿No tiene medias
negras?
Les contestó que no, y les propuso que probaran en otra tienda.
-El negro no puede fallar.
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