A SANGRE FRIA | Page 25

que todavía no habían plantado: cestas de espárragos, lechugas. Además, Nancy llevaba muchas veces a Babe para que los chiquillos cabalgaran. -¿Sabe usted? En muchos aspectos, éste es el mejor lugar en que hemos vivido. Hideo dice lo mismo. Nos duele muchísimo tener que marcharnos. Empezar de nuevo. -¿Se marchan? -protestó el señor Clutter, reduciendo la marcha. -Sí, Herb. Esta finca, la gente para la que trabajamos... Hideo cree que podríamos encontrar algo mejor. Quizás en Nebraska. Pero todavía no hemos decidido nada. Sólo estamos hablándolo. Su voz cordial, siempre dispuesta a la risa, hizo que la melancólica noticia pareciese casi alegre; sin embargo, la mujer, viendo que había entristecido al señor Clutter, cambió de conversación. -Herb, déme una opinión masculina -dijo-. Los niños y yo hemos venido ahorrando y queremos hacerle a Hideo un buen regalo para Navidad. Lo que más falta le hace son los dientes. Dígame, Herb, si su mujer le regalara tres dientes de oro, ¿le parecería mal? Quiero decir, ¿está mal hacerle pasar a un hombre la Navidad sentado en la silla de un dentista? -No hay dos como usted. No intenten siquiera marcharse de aquí: les ataremos de pies y manos -contestó el señor Clutter-. Sí, sí; no lo duden; dientes de oro. Si fuera yo, me encantaría. Su reacción hizo feliz a la señora Ashida, que sabía que no hubiese aprobado la idea si no la hubiera creído buena. Era todo un caballero. Nunca le había visto «dárselas de gran señor», ni aprovecharse de una circunstancia, ni dejar de cumplir una promesa. Intentó arrancarle una. -Óigame, Herb. En el banquete... nada de discursos, ¿eh? No me gustan. Usted, usted es distinto. Usted puede levantarse y ponerse a hablar a centenares de personas. A miles. Le es tan fácil... convencerles de cualquier cosa. Nada le asusta -murmuró comentando una cualidad del señor Clutter que nadie ponía en duda. Aquella impávida seguridad en sí mismo que si por un lado suscitaba respeto, por otro ponía trabas al afecto que otros pudieran sentir por él-. No puedo imaginarlo asustado. Suceda lo que suceda, usted siempre saldrá bien librado. A media tarde el Chevrolet negro había llegado a Emporia, un pueblo de Kansas, grande casi como una ciudad y lugar seguro, o así lo habían decidido los ocupantes del coche, para efectuar algunas compras. Aparcaron el coche en una calle lateral y luego anduvieron hasta dar con unos almacenes convenientemente atestados de gente. La primera adquisición fue un par de guantes de goma; eran para Perry que había olvidado los suyos. Pero Dick no. Luego se acercaron a un mostrador donde se exhibían medias de señora. Tras un corto titubeo, Perry dijo-Creo que servirán. Dick no estaba de acuerdo. -¿Y mi ojo, qué? Son todas demasiado claras para que no se vea mi ojo. -Señorita -llamó Perry para atraer la atención de la dependienta-. ¿No tiene medias negras? Les contestó que no, y les propuso que probaran en otra tienda. -El negro no puede fallar. 25