Garden City, población de once mil habitantes, había comenzado a acoger a sus
fundadores poco después de la guerra civil. Un cazador ambulante de búfalos, C. J. (Buffalo)
Jones, tuvo influencia decisiva en la evolución de aquel grupo de casuchas y postes para atar
cabalgaduras que se convirtió en un opulento centro de haciendas con saloons donde armar
alboroto, un teatro y el más refinado hotel entre Kansas City y Denver. Era, en resumen, un
ejemplo de refinamiento fronterizo que podía rivalizar con aquel otro más famoso, que se
halla a ochenta kilómetros más al este: Dodge City. Junto con Buffalo Jones, que perdió
primero su dinero y luego la cabeza (pasó los últimos años de su vida arengando a grupos
callejeros contra el irreflexivo exterminio de unos animales que él tan provechosamente había
sacrificado), los esplendores del pasado duermen hoy en la tumba. Escasos recuerdos
perduran: una colorida hilera de comercios conocidos con el nombre de Barr